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15 de noviembre de 2012

ALIMAÑAS (capítulo 3)



BÚSQUEDA OBSESIVA

El sábado 8 de mayo de 1999 Ferdinán y Pamela fueron al panteón Mariano de Tesiutla. La cripta familiar albergaba a los esposos Thien, a Henry y Abigail y a la recién fallecida Felicia.
-Casi murieron el mismo día, verdad Fer -manifestó Pamela agobiada por una enorme tristeza.
-El 8 y el 10 de mayo de 1994 -contestó Ferdinán consciente de haber dicho una estupidez, no era el momento para precisiones cronológicas. -Agregó más ecuánime- Siempre fueron tan unidos... ni siquiera los separó la muerte.

Pamela llenó de flores blancas los jarrones de cantera instalados en la entrada de la cripta. Encendió incienso y prendió la lámpara de aceite que se hallaba junto al nicho de Santa Clara. De rodillas en el reclinatorio habló en silencio con sus padres. Al salir del cementerio le dijo a Ferdinán.
-A la brevedad posible iniciaré los trámites para construir el mausoleo de mis padres -dijo Pamela- Se lo prometí a mamá -concluyó resuelta. En menos de un año la cripta estaba construida y en ella sólo se dispusieron los restos mortales de Abigail y Henry.

La próxima semana iniciaba la Bienal de Robótica en el Centro de Convenciones de Hidalgo. El destacado ingeniero Ferdinán Perilló representaba al CEIA y coordinaba la sección de inteligencia artificial. El domingo a media mañana se despidió de su esposa, estarían alejados el uno del otro algunos días por primera vez desde su casamiento. Al quedar sola, Pamela se dispuso reiniciar su obsesiva búsqueda del supuesto paquete mencionado por Felicia en el testamento. En ese instante cayó en cuenta que su finado abuelo, Ernesto Thien le era de suyo un perfecto desconocido. Así que esa era una extraordinaria oportunidad para trabar conocimiento a través de la huella que él hubiese dejado en su habitación.

La recámara se encontraba junto a la de ellos. Además de la vista panorámica frente al lago un balcón lateral daba al invernadero. Al abrir la puerta encontró a Romelia quitando las pesadas cortinas del ventanal.
-Mañana vienen los de la tintorería a recogerlas -dijo excusándose- pero si gusta regreso más tarde por ellas señora.
-No, no, termina con calma -le insistió Pamela quién aprovechó tal circunstancia para interrogar a la mujer con la que ocasionalmente había cruzado algunas palabras.
-¿Conociste bien a mi abuelo verdad?
-¿A Don Ernesto? -se apresuró a decir Romelia.
-Si, a Don Ernesto -repitió Pamela asumiendo que la doméstica estaba más que enterada de su origen incierto.
-Bueno, en realidad lo atendí más de cerca cuando murió Doña Aurora. Ora verá de esto hace, cuatro años, así que yo vi por él casi año y medio. Ya estaba muy grande y enfermo.
-Y... ¿Felicia no lo cuidaba? preguntó Pamela tratando de no ser muy obvia.
-La señorita no se llevaba bien con su papá -argumentó Romelia bajando de la escalerilla en la que se había trepado para alcanzar los broches de las cortinas.
-Si no se le ofrece algo más señora Pamela, ¿me puedo retirar?
-Si Romelia -dijo Pamela en tono vacilante.

Las ventanas desnudas llenaban de luz la habitación que más que un dormitorio parecía la sucursal de los almacenes Céfiro. Cuatro grandes archiveros guardaban toda la historia del negocio, desde su fundación ochenta años atrás por Ernesto Thien padre, hasta la venta de la empresa celebrada dos meses antes de su fallecimiento. Todo estaba anotado con justo rigor en los libros de puño y letra del abuelo legal de Pamela.

Nada relevante había en la habitación, sólo un diario personal iniciado en sus últimos años, relataba recuerdos que parecían haberle llegado en desorden a la memoria. Igual hablaba en la misma página de su infancia que de una mujer a la que había amado entrañablemente y que no era Doña Aurora. Pamela leía con avidez el libro que empastado con amate rústico tenía repujado artísticamente las iniciales de su propietario. Estaba a punto de abandonar la lectura de las emotivas y privadas líneas de la vida de su abuelo, cuando al cerrar el ejemplar biográfico observó que le faltaban algunas hojas que habían sido descuidadamente arrancadas. No pudo ceder a la curiosidad y salió de la habitación llevándose consigo el diario.

Yara regresó a las ocho treinta de la noche de la escuela para adultos que estaba ubicada en la Casa de Cultura de Tesiutla. Antes de hablar con su madre la muchacha se enfiló directamente al taller de Pamela quién se encontraba navegando en Internet. -Señora Pamela, ¿puedo pasar? -solicitó con júbilo la muchacha desde la puerta. -Entra -le dijo Pamela sin apartar la vista del monitor.
-Ya vine señora.
-¿Y como te fue?
-Re bien, el maestro es muy bueno, escribí mucho y ya tengo un montón de amigos y amigas. Y la escuela está muy bonita y en el salón de la directora también tienen máquinas como ésta.
-¿Entonces te gustó la escuela? -le preguntó satisfecha Pamela.
-Un montón -dijo Yara. -Bueno compermicito -agregó muy sonriente- y ya me voy porque me dejaron mucha tarea, tan pronto dijo esto se alejó corriendo.
-Espera Yara, Yara -le gritó Pamela un par de veces. Al escuchar los grito de la señora la muchacha desandó sus pasos rápidamente.
-Dígame señora Pamela.
-Dile por favor a Romelia que me traiga aquí la cena.
-Si.
-Ya puedes irte Yara.
-Es que me acabo de acordar de algo.
-¿De qué? -Es qué el maestro nos pidió muchas cosas, mire, aquí esta la lista. Le mostró una hoja mecanografiada que Yara había doblado hasta hacerla del tamaño de una estampilla.
-Mañana te vas más temprano y lo compras todo -le ordenó Pamela quién agregó inmediatamente- pásame mi bolsa para darte dinero.

Al tomar el monedero la muchacha reconoció el diario de Don Ernesto que Pamela había dejado sobre la mesa de trabajo.
-Ya tiene nuevo dueño el libro -dijo Yara con el candor que siempre le caracterizaba.
-¿Qué dices? Volteó a verla Pamela quién sorprendió a la muchacha con el libro entre las manos.
-El libro de Don Ernesto.
-¿Qué tiene el libro? -demandó hoscamente Pamela.
-Don Ernesto me lo encargó antes de morir, me pidió, -hizo una pausa como tratando de recordar.
-¿Qué te pidió? -la apresuró Pamela.
-Que lo guardara muy bien y que cuando muriera la señorita Felicia lo dejara en su lugar.
-En su lugar -repitió la patrona.
-Si, en su escritorio, y...
-¿Y? -Hasta que tuviera nuevo dueño o dueña. Eso dijo él. Agregó Yara al ver la cara atónita de Pamela.

EUREKA

La computadora personal de Pamela había estado desconectada por más de 10 días y su correo electrónico registraba un buen número de mensajes sin abrir. De un rápido vistazo desechó toda la engorrosa publicidad, paja, y demás basura e imprimió los asuntos importantes para leerlos con más calma y contestarlos en su oportunidad. A punto de cerrar Internet llegó otro mensaje, cuando leyó asunto: “Eureka”. Sabía que era de Ferdinán. Inmediatamente lo abrió.

Querida Pam: La bienal es un rotundo éxito, ha superado con creces nuestras expectativas. La revista Robótica del CEIA desde el primer día se ha vendido como pan caliente. Mañana martes imparto un taller y el miércoles presentaré mi ponencia en el marco de inteligencia artificial. Esto es la locura, la exposición esta invadida de todo tipo de alimañas mecánicas. He tomado fotos y video, te va a encantar. Te adoro pequeña, te extraño mucho. Fer.

Pamela redactó y envió un emotivo mensaje de felicitación a su esposo haciéndole saber lo mucho que ella también lo amaba.
-Alimañas -dijo sensualmente en voz alta como si alguien la escuchara. Reclinó la cabeza en el respaldo de la silla giratoria y evocó plácidamente el día en que conoció a Ferdinán Perilló. Cuando murieron sus padres creyó que jamás regresaría a Tesiutla y un año después se encontraba sola en la cripta familiar frente a los restos de Doña Aurora. -He venido abuela, porque se que mamá me lo hubiera pedido. Ese mismo día regresó a la ciudad de México y partió al día siguiente a España.

Se sentía sumamente indefensa y abatida, sus padres habían muerto intestados y los pocos bienes que se pudieron rescatar sirvieron para pagar deudas al socio de Henry Durán. Pamela había conseguido un trabajo como diseñadora gráfica de medio tiempo con un salario que apenas le alcanzaba para pagar sus estudios en la universidad y los gastos que generaba el pequeño piso que había rentado a unas cuadras de La Sagrada Familia. Su abuelo le envió dinero junto con una notificación donde le informaba de la muerte de Doña Aurora un mes después de acaecida esta.

En el avión conoció a Ferdinán. Un hombre culto, distinguido, de finas facciones y ojos de mirada franca. Fue amor a primera vista. -Vas de paseo a España -No, yo vivo y nací en Barcelona. ¿Y tú? -Yo... colecciono alimañas. -¿Alimañas... de las que pican? -No, nuestros pequeños robots aún son muy tontos. Perilló inició la maestría sobre Inteligencia Artificial en Barcelona, a los seis meses de su estancia en España se fue a vivir con Pamela a su departamento, después de tres años y medio regresaron a la ciudad de México donde contrajeron matrimonio.

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