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15 de noviembre de 2012

EL CAOS (capítulo 1)


EL CAOS

Los rayos del sol inundaron la estancia cuando Pamela retiró los pedazos de fieltro que cubrían la ventana. Al desaparecer las improvisadas cortinas de la habitación se iluminaron las cajas esparcidas entre papeles, montones de libros, trebejos domésticos y tal profusión de revistas que apenas si había espacio en el piso para el equipaje, los aparatos de cómputo y los estorbosos cables eléctricos que pasaban por debajo de una cama arrinconada. Ferdinán protestó emitiendo un sonido gutural al tiempo que se cubría la cara con la sábana. -Es mediodía Fer -insistió Pamela- debemos desempacar. Todo esto está hecho un caos, prometiste ayudarme ¿lo recuerdas?

-¿Sabías que los sistemas caóticos pueden predecirse? -dijo Ferdinán ignorando la súplica de su esposa.
Tras un instante de silencio se incorporó con discreción volviéndose hacia ella. –El cambio de la naturaleza dinámica del universo -agregó por fin ante la asombrosa expresión de la mujer.
-¡Es imprevisible! -añadió con un gesto pensativo y concluyó categóricamente- debido a las influencias externas del azar.
-¿Si te refieres a la naturaleza azarosa de todas estas cosas en desorden...?
-¡No, no, no! -La interrumpió bruscamente sin apartar los ojos que tenía clavados en el reloj de pared cuando éste marcaba las once con treinta y tres minutos.
-Aparente desorden. -Reflexionó el marido con ensayado estrépito teatral- Pamela asintió sin decir una sola palabra, situación que Ferdinán aprovechó para agregar.
-Si pudieran eliminarse las influencias del azar, los sistemas caóticos serían predecibles, ¿te das cuenta?
-Si. Por supuesto, ya comprendo, resulta que ahora yo tendré que ordenar todo esto.
-No pequeña, no me refiero a nuestra habitación, es algo un poco más complejo, es como... el péndulo del reloj.
-¿Bromeas? -dijo Pamela volteando hacia el muro tapizado de menudas florecillas.
-Bueno, el ejemplo no es muy apropiado ya que el péndulo es en realidad un sistema muy simple, pero en el fondo no deja de ser un sistema caótico afectado por condiciones tales como: posición inicial, velocidad etc.

Pamela se aproximó a Ferdinán, se sentó en el borde de la cama, tomó las manos de su esposo entre las suyas, el permaneció largo rato pensativo, distante, hasta que el repicar pertinaz del teléfono los sacó de súbito de ese estado afectuoso y reflexivo.
-¡Bueno! -tomó la llamada Ferdinán- si... si, ella está aquí conmigo... si dígame Licenciado Villalba... ¿de qué se trata? ¿Cómo? ¿Cuándo ocurrió? si... entiendo... ahí estaremos Licenciado, gracias... hasta pronto.
-¿Ocurre algo malo? -preguntó Pamela alarmada recogiéndose el lacio cabello que le cubría la mitad de la cara.
-La tía Felicia... -¿Está muerta, verdad?
-Si.

Es primavera. El jardín de la Casa de las Gárgolas exhibe majestuosos setos de flores policromas. La pérgola que une el acceso desde la terraza hasta el invernadero está cubierta de enredaderas. El camino de dalias florece como en los buenos tiempos en que doña Felicia personalmente removía la tierra librándola de intrusos y malas hiervas. El viejo Artemio aprendió la sensibilidad, el profundo amor y sus vastos conocimientos sobre jardinería a través de ella. Nadie más la añoró y la recordó tanto como él hasta el último día de su vida.

Doña Felicia fue la hija mayor de los esposos Thien. Abigail, su única hermana, diez años menor que ella era el reverso de una moneda impenetrable por naturaleza. Ambas hermanas vivieron siempre separadas a causa del carácter extremo y la inexorable personalidad enfermiza de la primogénita. Afectada desde temprana edad por todas las enfermedades propias de la niñez, y de otras tantas que vinieron a engrosar los vademécum especializados de la medicina de la época. Así, desde pequeña, Felicia se confinó junto con su madre a una existencia de absurda soledad y profunda amargura.

Por férrea determinación permaneció siempre soltera y cuando Abigail contrajo matrimonio a los 19 años, la primogénita de los Thien enfermó gravemente de un extraño mal del que todos creyeron no se repondría jamás. Doña Aurora, una mujer enigmática, a veces de carácter violento y sorpresivo, y otras, más pusilánime que afectuosa, se dedicó por completo al cuidado de su delicada hija, a tal grado que surgió entre ellas una dependencia física y mental llevada más allá del límite de la salud de ambas.

Una vez a la semana la joven era sumergida en un baño tibio impregnado de sales de Epsom, maicena, romero y tomillo pringosamente pulverizado con ciertos aceites esenciales de flores y otras especies aromáticas. El ritual matutino reiterado con sumo cuidado cesó cuando Felicia de forma inexplicable se cansó de su mundo silencioso, del calor de la cama, del encierro y de los baños perfumados y, tranquilamente y como si nada, un día se levantó de su mórbido tálamo con tan inaudita fuerza, que no hubo poder humano capaz de evitar que caminara desnuda, vociferando horrorosos chillidos por todos los rincones de la casa. Su debilitada madre comprendió que ya no le hacía falta.

Después de su matrimonio, Abigail y su esposo Henry Durán se fueron a vivir al extranjero. Como viajaban frecuentemente siempre se dieron tiempo para visitar a la familia Thien una o dos veces al año. En su noveno aniversario ocurrió algo insólito. Vivían en una finca cerca de Barcelona, regresaban ya tarde del salón de fiestas del hotel Derby donde los habían festejado unos amigos, y les sorprendió a su regreso encontrar todas las luces de la residencia encendidas. Al llegar a la cocina encontraron a Matías y a Manuela su mujer quién era el ama de llaves y su antigua nana, con una recién nacida entre los brazos. Los esposos Durán estaban atónitos. La niña había sido abandonada cerca de la puerta de servicio, y como Abigail y Henry no tenían hijos lo tomaron como una bendición del cielo.

Particularmente por esas fechas los Durán cumplían un poco más de seis meses de no visitar al matrimonio Thien, circunstancia que les favoreció para hacerles creer a los viejos que pronto serían abuelos. Le pusieron de nombre Pamela, la chiquilla gozaba de cabal salud, era tranquila y dulce y para sorpresa de los pocos enterados del oscuro origen de la pequeña, no dudaban en decir con aplomo que era el vivo retrato del señor Durán.

Felicia tomó la noticia como patada en el hígado, nuevamente enfermó a tal grado que tuvo que ser internada en un centro de descanso. Ahí conoció a Jeremías Frike, un capitán emérito aficionado a la jardinería. Gracias a él, por primera vez en su vida emprendió una ocupación capaz de justificar su existencia. Aquella entrega sin reservas al profundo conocimiento de las plantas, los tiempos de riego, el abono, los nutrientes de la tierra, la época de poda y hasta los más insignificantes secretos, le fueron revelados pacientemente por el capitán Frike. Un año después, al cumplir los 39 regresó a su casa e inició la construcción del jardín y seis meses más tarde la del espléndido invernadero.

EL TESTAMENTO

VILLALBA Y FONSECA. ABOGADOS. Leyó en silencio Pamela el texto en relieve de la placa de bronce. El vigilante les hizo firmar el libro de control de acceso a la vieja casona donde el Lic. Julio Villalba y sus dos hermanos atendían los asuntos legales de la alta sociedad de Tesiutla. El pequeño poblado se erguía en la montaña frente al sol del amanecer que se reflejaba plácidamente sobre el espejo de agua del lago Xocholoapan.

Pamela llevaba el cabello recogido con un broche y anteojos oscuros que no podían ocultar su agradable rostro. Ferdinán la llevaba del brazo y a ratos parecía susurrarle algo al oído, ella respondía tan sólo con una serena sonrisa. Caminaron despacio hasta el despacho conducidos por una joven ataviada con un caftán de grandes flores bordadas a mano. A los pocos minutos llegó el Licenciado acompañado de un adjunto, se saludaron con cierta solemnidad como un presagio inminente a los próximos acontecimientos. Pamela sintió un escalofrío, miró fijamente el legajo depositado sobre la carpeta de piel que cubría parte del escritorio. El licenciado Villalba dio lectura al testamento.

Había transcurrido apenas un mes de su estancia en el despacho de los juristas, cuando los recién casados se mudaron a la Casa de las Gárgolas, llevando consigo su menaje y las escasas pertenencias que permanecían aún sin desempacar. En ese tiempo Artemio el jardinero, estaba por cumplir 70 años, había perdido prácticamente el oído y una enfermedad ósea degenerativa lo mantenía la mayor parte del tiempo en cama. Romelia la cocinera entró a trabajar en la casa el mismo año que Felicia regresó del centro de descanso. A la doméstica la había embarazado un albañil del que nunca nadie supo nada. Su hija Yara nació en la residencia y a sus 23 años la muchacha seguía siendo analfabeta.

La sirvienta los observaba de soslayo, titubeó antes de decir -¿le puedo ayudar en algo patrona?
-Sólo si no me dices patrona -dijo Pamela quién miró maliciosamente a Ferdinán. -¿Cómo le puedo decir entonces, patrona?
-replicó la muchacha. -Me puedes decir... señora Pamela -dijo con orgullo ostentando su reciente estado civil.
-Suena bien -agregó la joven esposa señalándole unas caja a la chica quién de inmediato empezó a ordenar las cosas colocándolas en el lugar que le era indicado. Yara era primitiva y resuelta, muy pocas veces había tenido ocasión de relacionarse con gente de su edad, era claro que no podía ocultar la felicidad que la embargaba, a partir de ese momento no se preocuparía más por los desplantes y caprichos de su difunta patrona.

Los últimos acontecimientos se habían desencadenado como un alud de circunstancias por demás inexplicables. Pamela y Ferdinán permanecieron conversando en la terraza hasta el amanecer. Durante meses nada les pudo evitar la presencia de Felicia derramando hiel desde el mismo lecho de su sepultura. Antes de morir la infame mujer le escribió a su sobrina en escasos renglones de su puño y letra, una fatídica y cruel noticia que habría de cambiar radicalmente su vida. Cuando Pamela leyó por primera vez el contenido de la hoja, sintió que el corazón le daba tremendo vuelco presionándole agudamente el pecho. En ese momento Ferdinán temió seriamente por su salud. El breve texto le notificaba parcamente lo siguiente:

INTRUSA, Has de saber que mi estéril hermana por piedad te recogió de la calle. Te quedas usurpando esta casa y los bienes de mi familia por voluntad expresa del testamento de mi anciano padre que bien sabe Dios lo mucho que se equivocó siempre. Yo por mi parte te comunico que gracias a mi mala memoria olvidé en algún lugar de esta casa un paquete que mi hermana Abigail dejó para ti. F.

Tan sólo una "F" como firma testimoniaba la legalidad del documento que el licenciado Villalba le había entregado a Pamela.

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2 comentarios:

  1. Querida Lilia:

    Después de leer el capítulo 33 en Creatividad Internacional he tenido que venir a leer el primer capítulo. La curiosidad me mataba. Quiero leer poquito a poco la novela por orden cronológico (como se leen las novelas). Por el momento me está enganchando.

    Abrazo enorme para ti
    Ana

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  2. Gracias querida Ana. Espero no defraudarte.
    Un fuerte abrazo

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