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22 de noviembre de 2012

ENTELEQUIAS VEGETALES (Capítulo 20)



FLOR DE NUEVE PÉTALOS

Ollg era pequeñita y ágil, estando ella de pie no le llegaba siquiera a la cintura, su cara era la de una mujer joven, ni fea ni agraciada, tenía un cuerpecito regordete y los dedos de los pies estaban tan separados que parecían un simpático abanico. Gadea observó que la alberca se encontraba en un espacio impecablemente limpio y bastante amplio, se dio cuenta que el techo en forma de bóveda mostraba al centro de la cúpula, la figura ornamentada de un sol flanqueado por dos lunas, el cual estaba rodeado por una enorme estrella de doce picos. Completaban el diseño gran cantidad de pequeñas estrellas y textos trazados en forma radial y concéntrica a lo largo de todo el borde de la representación.

Abstraída con todo lo que le rodeaba, clavó sus ojos en la decoración del muro donde se podía ver en la parte central, un bajorrelieve en cuyo centro sobresalía una exquisita estrella de seis puntas. A su vez la estrella estaba rodeada de lo que parecía una canaleta o anillo, que semejaba una alberca de agua azulosa, la cual remataba con nueve antepechos o salientes. No obstante, observó la figura con mayor cuidado y descubrió que el arreglo del muro exhibía una enorme flor de nueve pétalos. Entre cada pétalo se formaba una línea con un texto escrito y dos círculos de texto rodeaban la flor. Ningún otro adorno había en esa habitación, ni muebles, ni tapetes, ni cortinas, ni cuadros, absolutamente nada, sólo los ventanales rematados en enormes arcadas dejaban pasar esa luz inusual, densa y difusa a través de las húmedas membranas que las cubrían.

Ollg la llamó un par de veces, Gadea salió de su introspección y siguió a la mujercita hasta llegar a una arcada lo suficientemente alta y ancha, como para permitir el paso de un elefante. Con un objeto similar a un gran anillo, adornado con algo que parecía una gema, la mujercita señaló una sección del monumental arco, y al instante desapareció parte de la superficie membranosa que lo cubría, creándose entre la piedra del anillo y la trama de la arcada una incandescente estela luminosa. Del hueco recién abierto, el cual tras de ellas al acto se cerró, salieron ambas a una espaciosa terraza que más adelante tomaba la forma de un sinuoso camino. Franqueado por los lados de minúsculos parapetos marcaban el borde hacia un desfiladero sobre el cual estaba asentada la totalidad del conjunto, dando la sensación de flotar o existir suspendido arriba de las oscuras gargantas del precipicio, cuya base permanecía cubierta de densa niebla.

El día comenzaba a declinar y el cielo que hacía unos instantes mostraba cierta refulgencia, de forma imprevista se llenó de oscuros manchones saturando el ambiente de tinieblas. No muy lejos Gadea vio aproximarse a un tropel de mujercitas desnudas, que con paso raudo pasaban frente a ella portando cada una, una luminosa estrella. Gadea se aparto lo suficiente para no alterarlas y en su intensión, no midió lo bajo del parapeto con el cual horrendamente tropezó. Su cuerpo salió disparado al desfiladero dando violentos tumbos de tramo en tramo, hasta llegar a las oscuras gargantas del precipicio.

ERA DOMINGO

Era domingo y las campanas de la iglesia de la Asunción repicaban de tanto en tanto al llamado de los fieles. Después de la misa, la plaza de las Palomas se llenaba de vendedores, adivinos, trotamundos y músicos ambulantes que complacían a la gente del pueblo, como cualquier día de fiesta hasta bien entrada la tarde. Melissa lamentaba no poder asistir al templo enraizada en esa dolorosa esquina frente a la lencería y pasamanería de Pollença. La vieja atrapada en el árbol se encontraba rezando alguna plegaria, cuando vio venir a Nina Font acompañada de su prima Pilar. Las dos mujeres que cubrían con un velo negro su cabeza se sentaron justo en su banca. La más bajita y de tez muy pálida le dijo a la otra. –Querida Nina, ¿Te había dicho que cuando me case con José Juan, nos iremos a vivir a Puigdemar? Algo contestó Nina pero Melissa no lo pudo escuchar porque empezaron a ladrar unos perros. –¡Qué raro! Pensó la anciana- Pilar está casada con Manolo Torrecilla.

EN EL FONDO DE LA OSCURA GARGANTA

Un agudo grito que rompió la fragilidad nocturna seguido del silencio más desolado estrujaba el pecho de Gadea. ¿Estoy muerta o viva? –sé preguntó- aprisionando con sus manos su cabeza. –Debo estar muerta, porque ésta no es mi vida. Ésta no es mi vida, repitió con un chillido ahogado que apenas escapaba entre sus dientes. Meditó durante largo rato tumbada en esa posición, -he caído desde muy alto, a un precipicio horroroso, terriblemente desconocido y oscuro. Debo estar muerta porque no me duele nada, no me he roto ningún hueso, pero no, estoy viva sobre esta esponjosa y repugnante superficie, a fin de cuentas es como si estuviera muerta, cadavérica, difunta.

¿De qué me sirve estar viva… de que me sirve estar en medio de esta pesadilla? Con los ojos cerrados Gadea sintió que algo debajo de ella se movía con un pequeño vaivén, apenas un movimiento lento, pausado, liviano como el balancín de un columpio que Apel mandara colgar de un árbol del huerto. A Gadea le gustaba sentir que volaba por los aires, mientras intentaba tocar la fronda del arbusto con sus pies elevados por el vuelo, con ese placentero sueño y profundamente extenuada se quedó dormida. Cuando despertó, los rayos del sol herían de forma brutal sus ojos, se incorporó sin dejar de parpadear, cuando pudo fijar la vista no podía creer lo que sus ojos veían. Estaba sobre una gigantesca flor, en medio de un jardín fantástico, verdaderamente prodigioso donde las plantas podían libremente desplazarse de un lado a otro.

Ella debió haber estado viajando toda la noche, debía estar muy lejos de la edificación de las mujercitas desnudas porque nada a la redonda le parecía familiar. Cientos de miles de plantas de formas diversas abigarraban el horizonte de colores. Las raíces eran piernas ágiles, los brazos parecían ramas frondosas y las cabezas un conjunto de flores tan extrañas que nunca había visto jamás. Las insólitas plantas parecían sociables y se movían en grupos, como si tuvieran una actividad claramente definida. Daba la impresión que todas realizaban una tarea específica, pues cada una de ellas se mantenía inexplicablemente ocupada.

Gadea se preguntaba si la planta había advertido su presencia, pues al menos no parecía incomodarle, tampoco a las otras flores que se aproximaban a observarla de cerca. Se sintió realmente aliviada, pero no por mucho tiempo, porque de repente las plantas comenzaron a correr despavoridas, parecía que perseguían a alguien, ella tuvo que asirse de un atado de filamentos que emergían de la flor para no caer. Durante mucho rato soporto la carrera hasta que las plantas se detuvieron, Gadea se asomó entre los coloridos pétalos para ver que pasaba, y vio en el suelo vaporoso, a un pequeño y raro animal despanzurrado entre las patas pezuñosas de una planta. -¡No quiero que me pase esto a mí! –dijo y tragó saliva- Se movió lentamente ocultándose bajo los pétalos de la flor, después de un rato asomó su cabeza y vio a lo lejos la edificación de la mujercitas, el corazón le palpitaba con tal fuerza, que temió que toda la vegetación circundante pudiera escuchar sus latidos.

Pacientemente observó que la planta caminaba por el sendero de un riachuelo humedeciendo sus grotescas extremidades, y justo se dirigía hacia la plegada muralla en la que se asentaban los nueve edificios, de los cuales, uno de ellos debía ser el Corporum-Esferae. Al aproximarse se dio cuenta que la cima del desfiladero estaba muy alta, y que ella se encontraba cada vez más en el fondo de la oscura garganta, donde la niebla se hacía visiblemente más densa. Peor aún, la planta desandaba sus pasos y retomaba de nuevo el camino hacia la espesa vegetación. –¡Noooooooo! -Gritó Gadea- al tiempo que un violento espasmo recorría todo su cuerpo, abrazó fuertemente sus piernas y rompió en llanto. De súbito sintió un golpe certero sobre sus espaldas y una fuerte presión que la ahogaba, de inmediato se elevó sobre los aires.

Prácticamente volaba atrapada entre las garras de un ave colosal. Gadea pudo ver desde las alturas todo el majestuoso conjunto, grabó en su mente hasta los más mínimos detalles para el resto de su azarosa vida. Al pasar por el edificio central vio a Ollg y a otra mujercita en lo alto de una torre saludándola alegremente. Estaba feliz, ahora solo tenía que aterrizar con bien y encontrar el Corporum-Esferae.

Su benefactora plumífera la arrojó prácticamente sobre una explanada en cuyo centro, el agua de una alberca giraba vertiginosamente creando enormes olas, que semejaban los brazos de un remolino. El ruido del agua era ensordecedor, se sentía aturdida y no sabía que camino tomar. Supuso que lo más razonable sería que en el edificio central se encontrara el Corporum-Esferae, pero desde su ubicación no había forma de ingresar al edificio, ya que éste se encontraba rodeado de una profunda fosa repleta de bruma, y de un extraño líquido de apariencia desagradablemente viscosa.

De suyo parecía que la única comunicación posible con la construcción central, era a través de las tuberías. De tal modo reconoció que no había muchas posibilidades hacia donde dirigirse. Del lugar donde ella se encontraba distinguió tres avenidas, de las cuales descartó una porque se internaba en la espesura de entelequias abrumadoramente vegetales, así que debía de tomar cualquiera de los dos caminos restantes.

Descubrió que una de las avenidas pasaba frente a un castillo, el cual insólitamente, estaba construido a imagen y semejanza de las edificaciones que ella conociera en su mundo cotidiano. De tal modo se enfiló en esa dirección. La fortaleza no era muy grande y contrastaba notoriamente con todo lo orgánico del entorno circundante. El pórtico comunicaba de inmediato a una especie de santuario, dedicado casi en su totalidad a las plantas humanoides.

Como un herbolario mural se exhibían en las paredes las imágenes a color, de aproximadamente ciento treinta y tantas especies vegetales verdaderamente inverosímiles. Cada una de las peculiares pinturas era explicada con un breve texto que dotaba a cada planta, de virtudes inusitadas para un mundo en el cual, lo único relevante era generar corrientes continuas de energía. Gadea retrocedió aterrada, hasta ese momento se dio cuenta que el texto estaba escrito en algún lenguaje para ella desconocido, y no obstante lo entendía todo perfectamente bien.

Al final de la sala, un pasaje conducía a un soberbio salón repleto de pequeños toneles decorados con círculos, puntos, líneas y franjas de colores que en conjunto, daban lugar a sencillas formas que se repetían alrededor de toda la superficie del tubo. Había además gran cantidad de algo que parecían colosales bombonas y cilindros de muchos grosores y tamaños, y algunos eran tan altos y tan elaborados como para construir majestuosos obeliscos. En las paredes, al igual que la sala anterior, los textos y las imágenes a color explicaban la procedencia de todos los materiales. Las flores, los troncos, las ramas y principalmente las raíces de las plantas humanoides, eran exclusivamente la materia prima de estos inusuales artefactos.

Gadea salió de la habitación completamente atónita. La última sala del castillo era en su totalidad gráfica. Los muros estaban cubiertos de texto y figuras donde aparecían las mujercitas desnudas, realizando su actividad cotidiana. En algunas representaciones las damiselas estaban congregadas en círculos y cada una de ellas portaba una pequeña estrella. Para fortuna de la joven Ancarola, en un costado del gran salón podía apreciarse un estupendo mapa del lugar trabajado en gran detalle, así pudo confirmar sus sospechas respecto a la ubicación del Corporum-Esferae, el cual estaba efectivamente al centro del Ditriae-Corporum, que era el nombre de ese extraño e incomprensible sistema.

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