Ir al principio de la novela SINCRONÍA

21 de noviembre de 2012

LAS MUJERCITAS DESNUDAS (Cap. 19)



ATERRADORA OSCURIDAD

Gadea salió de la biblioteca para alcanzar a Melissa, supuso que se habría adentrado por el túnel, así que se enfiló en la dirección correcta, no había andado más de cinco pasos cuando repentinamente se hizo la más aterradora oscuridad.

Pamela alzó la vista, entrecerró el libro sin retirar sus pulgares de la página que recién leía, con los ojos entornados vio hacia un punto indefinido de la pared, por unos instantes su rostro abandonó la gentileza de sus finos rasgos y en su expresión atónita se dibujó un signo de estupor. Tenía la mente en blanco cuando escuchó un golpeteo insistente en el vidrio de la ventana, se estremeció de súbito al ver a un hombre fornido haciéndole señas. El hombre insistía hasta que Pamela le gritó desde el sillón.
-¿Qué desea?
-Disculpe la molestia, soy de la compañía de luz. Hemos cortado temporalmente el servicio por una anomalía en el transformador de la zona.
-¿No hay luz?
-No señorita, estamos trabajando en eso.
-¿Tardarán mucho?
-Cuatro o cinco horas, tal vez un poco más, perdone las molestias.
-No se preocupe. –dijo con cierta resignación y agregó- Gracias.

Vio alejarse al hombre a través del vidrio, todas las ventanas estaban cerradas y el aire acondicionado había dejado de funcionar. El termómetro marcaba cuarenta grados en el exterior y ya había subido la temperatura a treinta y un grados en el interior. Eran poco más de las cinco de la tarde así que con suerte, pensó que la luz llegaría a las nueve o diez de la noche. Sacó un refresco del refrigerador, le puso bastante hielo, rellenó con agua la charola de los cubos y la metió nuevamente al congelador, dudó por un instante, finalmente sacó la charola y la dejó sobre la mesa de la cocina.

Encontró una linterna en la caja de herramientas y hasta entonces se percató que había suficientes velas decorativas esparcidas por toda la casa como para alumbrarse por varios días. Bueno –pensó- al menos no estaré a oscuras. Sentada nuevamente en el sillón, acompañada de un vaso de refresco helado, vio con cierto recelo el libro que había dejado abierto en la mesita de centro.
-¿Sincronicidad? -Dijo en voz alta- ¡O una coincidencia significativa!

Gadea estaba petrificada, se paralizó por completo, no se movía ni un ápice, el único sonido que escuchaba era el de su respiración. Mentalmente se repetía -Tiitameli, tiitamel, ¿dónde estás? Cuídate, te voy a encontrar. Con sumo esfuerzo levantó su brazo derecho, lo jaló lo más que pudo al tiempo que estiraba los cinco dedos de su mano, avanzó lentamente el cuerpo en esa dirección, con el otro brazo hacía movimientos desordenados intentando tocar algo que le indicara su posición en el pasadizo. Pensó que a su costado derecho, a corta distancia debía encontrarse el muro del túnel, así que caminó de lado contando cada uno de sus pasos… cuatro, cinco, seis. ¡Listo! su mano topó con la pared.

En esa posición hizo algunos cálculos, -hacia mis espaldas está la biblioteca, puedo bordear el muro de la estantería y salir nuevamente al pasadizo, después deberé continuar en esa dirección hasta advertir  la primera galería, desde ahí será fácil encontrar la salida pedir ayuda y regresar por Melissa. -Se repetía mentalmente visualizando cada uno de los puntos que debería alcanzar en su camino. Puso en marcha su plan, giró ciento ochenta grados intercambiando con rauda agilidad su mano derecha por la izquierda que ahora tocaba el muro– inició la marcha apurando el paso sin apartar en lo absoluto su mano de la pared, sentía sofocarse y la oscuridad empezaba a generarle una sensación de pánico.

Había caminado un buen trecho y le inquietó no encontrar la primera esquina de la biblioteca, pensó que la había pasado inadvertida, pero no, al menos en algún momento debió toparse con el primer recodo. Instintivamente comenzó a trotar, prácticamente estaba corriendo como si algo o alguien la persiguiera. En su carrera se despojó de su capa arrojándola tras de sí, continuó la marcha vertiginosa hasta que sus pies se enredaron con algo y cayó violentamente al suelo.

Sin poderse levantar se sintió extenuada, terriblemente abatida e inmensamente sola, por primera vez en su vida experimentó una brutal sensación de desamparo y profunda tristeza. Se acurrucó en el suelo protegiendo su cuerpo adolorido con sus manos adoptando la posición de un feto indefenso. Recargó su cabeza sobre la suave tela… de su capa. Efectivamente, había tropezado con su capa. -No es posible. –dijo mentalmente- tocando los bordes del paño que tan bien conociera. -La capa ha quedado atrás ¿cómo ha llegado hasta aquí? –se preguntaba al borde del desconcierto. ¿Dónde estoy? –sollozó- Tiitameli, tiitamel, por favor… no entiendo nada.

LA PLAZA DE LAS PALOMAS

Melissa despertó con los primeros rayos del sol. A esa hora iniciaba el trajín del mercado frente a la plaza de las Palomas. Los recios hombres en un ir y venir por las calles del pueblo arrastraban sus carretones cargados de mercancía, algunos señores llegaban a caballo directo al bodegón de pitanzas, que a temprana hora encendían los fogones para preparar las empanadas de pescado, la deliciosa tarta de almendra o el lomo de cerdo con col. El gustoso olor a comida y el ensordecedor canto de las aves la ubicó lejos de la hacienda, repentinamente creyó ver a Gadea en el pasadizo de la mezquita.

Cómo una súbita visión la vio tan real y abandonada que sintió pena por su querida hija. Pero no, no era posible, ni Apel ni Gadea ni siquiera su propia sombra sabían nada de lo que había ocurrido años atrás. Advirtió que estaba cansada y hambrienta y pensó que ya era hora de regresar a casa. Con gran esfuerzo pretendió enderezar su cuerpo pero se sintió demoledoramente pesada, trató de ayudarse con sus manos e intentó levantar tan solo una de sus piernas, pero fue totalmente imposible –soy una vieja achacosa. –Dijo para sí bastante enfadada- creyó que debía descansar un rato sus pies hinchados y decidió quitarse los zapatos, se inclinó y vio que en vez de piernas tenía en sus extremidades inferiores una gruesa raíz que penetraba profundamente en la tierra.

Lo primero que pensó fue en pedir ayuda. –¡Ayuda, ayuda por favor!- nadie la escuchó porque el mudo sonido se quedó en lo más profundo de su pensamiento. Así pasó la mañana viendo como la gente de Pollença hacia su día cotidiano. A ratos dormitaba pero el gorjear de los pájaros y el viento que agitaba vigorosamente su fronda la mantenían bastante despierta.

Enfrente estaba el mercado de la Asunción y justo delante de ella, atravesando la calle empedrada había un negocio de lencería y pasamanería. Del establecimiento vio salir a Nina Font acompañada de su prima Pilar. Las dos mujeres atravesaron la calle empedrada y se sentaron justamente en su banca. La rubia y más joven de ellas le comentó a la otra. –Querida Nina ¿te imaginas que linda se va a ver mi Ana Belén con su vestidito adornado con este pasa listón de seda? Algo contestó Nina pero Melissa no lo pudo escuchar porque empezaron a ladrar unos perros. -Qué raro. –Pensó la anciana- Pilar tuvo un varoncito pero el pobre crío murió de flema.

Pamela se quedó de una pieza. No entendía lo que estaba pasando. Será el calor –pensó- ¡Y la luz que no llega!

Gadea permaneció largo rato en el suelo tendida en esa patética postura. Bajo el demoledor silencio con su oreja pegada casi al piso creyó escuchar el ruido suave y acompasado de una multitud de pequeños pies que avanzaban hacia ella. Levantó la vista y vio a lo lejos el resplandor difuso de menudas lucecitas. De inmediato se incorporó y aunque en ese momento no pudo ponerse de pie, mantuvo su espalda erguida apoyada en sus piernas arrodilladas.

IBAN COMPLETAMENTE DESNUDAS

La tenue emisión de luz se hizo cada vez más clara y pudo ver con certidumbre a unas mujercitas que pasaban de largo junto a su estropeado cuerpo sin molestarse tan siquiera en voltear a mirarla. Las pequeñas adultas median lo mismo que ella sentada en esa incómoda posición. Gadea observó que las insólitas damiselas portaban en su mano derecha una estrella luminosa e iban completamente desnudas.

Como en un desfile alegórico las vio pasar una a una tan inmutables e inexpresivas que dudó lo que sus ojos veían. Debieron ser más de veinte, tal vez treinta y cuando creyó que había concluido el singular desfile atisbó en la cercanía a una rezagada que al pasar frente a ella le dirigió un vistazo que más bien parecía un examen de aprobación. Gadea aprovechó la dichosa circunstancia para preguntarle.
-¿Dónde estoy?
-¡Estás estorbando! –dijo secamente la inaudita mujer- y continuó su camino. Gadea se desplomó en llanto, en su aflicción apenas se dio cuenta que las piernas le hormigueaban, las estiró sobre el suelo lo más que pudo masajeando con ambas manos una de sus rodillas. Cuando sintió un poco de alivio logró levantarse al tiempo que se acomodaba la capa sobre sus hombros. Amanecía, al menos eso creyó al ver que cierta claridad penetraba por las arcadas del ventanal de un largo pasillo donde parecía estar.

Se aproximó al pretil de una de las ventanas y vio que estaban cubiertas de una sustancia tersa, flexible, transparente y húmeda. Hacia afuera se podía ver una extraña ciudad de al menos nueve edificios con cúpulas y torres estrambóticamente adornadas. Las edificaciones parecían interconectarse entre sí por sinuosas avenidas y terrazas y en la parte superior de todas las construcciones salían gigantescos tubos que se arqueaban discretamente hacia arriba formando puentes de unión entre todas ellas. El cielo tenía una consistencia inusual, parecía un día nublado, aunque de hecho no había nubes, pero no alcanzó a ubicar el sol por ningún lado.

Gadea especuló que ella seguramente se encontraba en lo alto de alguna edificación ya que no alcanzaba a distinguir el fondo de la superficie del terreno que estaba cubierto de una espesa bruma. Volteó hacia los extremos del pasillo, en ningún caso pudo distinguir el final ya que ambos lados aparentemente remataban en una curva. Su extrañeza se acrecentó al descubrir que el techo no muy alto, mostraba una superficie acolchonada. Una cantidad tal de pequeñas volutas de color azul parecían estar ensartadas en un arreglo ondeante y ciertamente riguroso.

Avanzó con gran cautela por el insólito corredor que más bien parecía un enorme tubo en forma de anillo el cual paradójicamente no llevaba a ningún sitio. Todo el interior del pasillo era exactamente igual y solo el paisaje exterior revelaba en el lado opuesto de la ciudad una cantidad tal de bruma que a excepción de ciertas secciones parecía sin lugar a dudas la fronda colorida de un bosque entre la niebla.

Gadea se preguntaba con gran extrañeza por donde habían entrado y salido las mujercitas, pues ella no advirtió nada que pudiera parecerse a un acceso, o a una puerta o al menos a algo similar a una abertura. El muro frente a los arcos de las ventanas aunque rugoso y plagado de pequeños orificios se veía bastante sólido, ensimismada en sus cavilaciones tardó en descubrir que estaba parada en un inmenso charco de agua azulosa el cual crecía a raudales al acumularse el líquido que brotaba de una especie de canaletas alineadas en lo alto y largo del muro.

El nivel del agua subió de forma tan repentina que en breves instantes había llenado todo el espacio por completo. Gadea nadó desesperadamente a la superficie, al levantar su mano se dio cuenta que estaba a tan solo un palmo del techo, cuando el líquido alcanzó su máximo nivel, advirtió que las volutas de la bóveda devoraban con tal avidez el cerúleo líquido que en la proeza de tragarlo todo, la habían atrapado a ella manteniéndola completamente adherida a las insaciables ventosas de esa horripilante masa amorfa.

Tras un rumor parecido a un resoplo, seguido de un fuerte estrépito descubrió que unas compuertas situadas en la parte baja del orgánico muro, se habían abierto dejando escapar vertiginosamente el fluido misterioso que junto con ella, avanzaba al centro de un tubo con la fuerza demoledora de un remolino. Todo fue tan expedito que no supo en que momento había ido a parar a una alberca donde se bañaban plácidamente algunas mujercitas.

Al día siguiente Melissa descubrió que una pareja de mirlos construía un nido entre sus ramas, estaba viendo a los pajarillos cuando escuchó la voz de Nina Font quien se aproximaba a la plaza en compañía de su prima Pilar. Ambas mujeres se refugiaron del sol bajo su fronda. La de ojos gitanos y cabello oscuro le dijo a la otra. -Querida Pilar ¿crees que a mamá le guste la mantilla que le estoy bordando? Algo contestó Pilar pero Melissa no lo pudo escuchar porque empezaron a ladrar unos perros. -¡Qué raro! –pensó la anciana- Si la pobre de Inesita murió el año pasado.

Pamela dormía profundamente en el sillón, no había encendido las velas y la linterna estaba apagada sobre la mesita de centro. El libro sin más, alentó sus páginas que fueron pasando lentamente una a una dejando escapar sus vagas presencias en el caótico sueño de Pamela. Afuera, las estrellas cubrían con un mágico resplandor el cielo y en una inusitada danza recorrieron el seductor espacio iluminando todos los confines del firmamento.

No le quedó la menor duda. Era la misma damisela rezagada de mal genio la que no le apartaba la vista. Gadea más que aterrada se sintió grotesca, había caído de bruces en medio de la piscina, estaba hecha una sopa y tan vestida con todo y capa se sintió ridícula junto a las desnudas mujercitas.
-¿No te das por vencida, verdad? –le dijo la mujer a Gadea en un tono de pocos amigos.
-Perdón por molestar, al menos si me indicara la salida… -Imploró Gadea.
-Acabas de llegar, ¿y ya quieres irte?
-No… sólo… que no quiero estorbar.
-Pues no estorbarás por mucho tiempo –le dijo duramente la mujer- en breve comenzarás a disgregarte.
-¿A disgregarme?
-Oíste bien. –¡Gritó!- afectas nuestro sistema y no puedes permanecer mucho tiempo aquí.
-¿Y hay una forma de salir? –gimió Gadea.
-Si, hay una.
-¿Una? –Preguntó Gadea con gran nerviosismo.
-Si, tendrás que salir por el Corporum-Esferae… ¡y muy pocos lo logran! Pero antes de indicarte la salida –continuó la mujer- Debo decirte que me llamo Ollg ¿Cuál es tu nombre? –Le preguntó la mujercita alisándose el húmedo y largo cabello.
-Gadea… Gadea Ancarola.
-¡Ah! Veo que tienes dos nombres. –dijo Ollg nadando hasta la orilla de la alberca.

Gadea la siguió y de un brinco, al igual que la mujercita salieron de la piscina. La joven Ancarola más que temor experimentaba una extraña sensación de aturdimiento ante la inverosímil situación que enfrentaba, de tal modo no se percató del hilarante ruido que hacían sus zapatos al caminar, ni tampoco de los charcos azulosos que dejaban a su paso sus ropas empapadas.

LEER EL CAPÍTULO 20

IR AL PRINCIPIO DE SINCRONÍA

No hay comentarios.:

Publicar un comentario