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5 de diciembre de 2012

LA FERIA DEL MANUSCRITO (capítulo 27)



CORRIENTES CONTÍNUAS DE ENERGÍA

Pamela se quedó de a seis, tan boquiabierta y enormemente sorprendida que no atinaba a decir nada, permaneció en silencio largo rato, finalmente se dijo, debo llamarle a Ferdinan. Marcó varias veces al hotel sin éxito, el señor Perilló había salido, pensó en dejarle un mensaje pero la mujer del otro lado de la línea hablaba un inglés tan oriental, que parecía sopa ramen acompañada de un hot dog sin mostaza. Marcó al celular y no encontrando respuesta a su llamada consideró que lo más práctico era mandarle un correo, borroneó algunas líneas en el recuadro de texto de su e-mail, pero no halló las palabras adecuadas para decirle lo que tenía que decirle, ¿aunque en realidad no sabía qué iba a decirle? Así que cerró el correo y continuó absorta en la lectura.

-También debo decirte otra cosa –suspiró Gadea- hace tiempo escribí un libro. Kima tomó las manos de su madre y le dijo cariñosamente –Eso ya lo sé madre, has copiado magistralmente treinta y ocho manuscritos, dice papá que muy pocos copistas en el mundo pueden superarte, y yo estoy muy orgullosa de ti.
-No hablo de una copia.
-¿No?
-No.
-¿Entonces?
-Ven –le dijo Gadea a su hija indicándole que la siguiera. A través del despacho de Guinelli llegaron a un salón poco iluminado que se usaba en circunstancias especiales. La esposa del impresor abrió con una pequeña llave las puertas de vidrio del elegante bargueño. Retiró con sumo cuidado los manuscritos de su propia hechura y al quedar vacío el mueble intentó quitar la tapa que cubría el doble fondo. Kima notó el nerviosismo de su madre y le dijo con ostensible afecto –déjame ayudarte.

Haciendo palanca con la llave, la joven logró levantar la cubierta de madera dejando al descubierto el libro, lo tomó con suma delicadeza, caminó hacia la ventana, abrió las cortinas, se sentó en un sillón y hojeó el manuscrito por más de una hora sin pronunciar ninguna palabra mientras Gadea la veía con los ojos llenos de lágrimas.

Ring… ring…
-Bueno –contestó Yara- si, se la paso señor, hasta luego. Es para usted señora Pamela.
-Hola amor, estaba pensando en ti ¿Cómo va todo?
-Yo siempre pienso en ti pequeñita… acabamos de salir de una junta, las cosas no pueden ir mejor, creo que este arroz ya se coció.
-¿En verdad?
-¡Hola, hola! Hay mucho ruido en la calle, después te hablo con más calma, no hemos comido y ya es hora de cenar. Te quiero, cuídate.
-Espera… Te quiero tambi… -Clic -Se cortó –dijo Pamela.

-Esto es… de lo más extraño, ¡no entiendo nada! –exclamó Kima quién se mostraba notoriamente sorprendida ante la incomprensible escritura del texto y las insólitas imágenes que lo acompañaban.
-¿me puedes explicar? –finalmente agrego.
-Si, pero no te molestes conmigo –le suplicó Gadea.
-No estoy molesta, estoy confundida mamá ¿Qué es todo esto? No entiendo ni una palabra. ¡Y tanta mujer desnuda! ¿Supongo que tampoco lo sabe papá?
-No… solo lo supo tiitameli… ella me ayudó un poco.
-¿Tiitameli? ¡Por Dios!
-Fue algo que paso… yo misma no lo entiendo –susurró Gadea- ocurrió en el túnel de la mezquita, cerca de la biblioteca… íbamos juntas y de repente algo nos separó, no sé cómo porque todo quedó oscuro y silencioso, cuando me di cuenta yo estaba en un lugar extraño y desconocido. Fue terrible, tal cual lo relato en el libro.

-¡Pero aquí no se entiende nada de lo que me estás diciendo! ¿Qué lenguaje es este? ¿Qué significa todo esto?
-No lo se… es un… un lugar que existe, en cualquier parte, en un lugar tan pequeño como una brizna de polvo. Donde las gentes no son gentes, ni las cosas son cosas, por más que nosotros queramos verlo así.
-¿Entonces?
-Es… es… un espacio donde se generan corrientes continuas de energía… -dijo temerosa Gadea al ver la cara de estupor de su hija.

-¡Ahhhhhhhh! Pues entiendo menos. Dicho esto Gadea se puso a llorar.
-No llores madre, por favor. Déjame entender, este libro contiene un apartado de herbolaria y lo que parece ser una sección farmacéutica con un inusual apartado astronómico y por lo que veo también biológico, más algo que aparentan ser muchas recetas, y una serie de ilustraciones enigmáticas, geométricas, excesivamente cristalinas, perfectamente redondeadas y todo esto relacionado con las mujercitas desnudas sumidas en extrañas tinas y tuberías. ¿Me equivoco? o tiene algo que ver con la alquimia, ¿verdad? –preguntó Kima señalando algunas ilustraciones.

-La señora de Guinelli primero asintió con la cabeza, pero después de un gesto de duda negó su pronta aseveración.
–No, no es un tratado de alquimia, ni un herbolario, ni nada de eso. –dijo con cierto temor.
-Lo parece… lo parece, algunas partes me recuerdan algún manuscrito de Galeno, o ciertas fórmulas de Arnaldo de Vilanova o tal vez Dioscórides, pero no… estas plantas informes no pueden ser reales, y todo es tan ilegible. Lo que más me llama la atención y ciertamente me inquieta son los dibujos de las esferas, se ven tan cristalinas, la transparencia de todas estas raras piezas superpuestas es sorprendente, no sé cómo lo lograste tan solo con ligeras pinceladas de color y breves trazos rústicos de la pluma. Papá se quedaría atónito.

-Es mejor no comentarle nada –se apresuró Gadea a decir. Kima cerró el manuscrito, lo colocó nuevamente en su escondite y tuvo la precaución de echarle llave al bargueño.
-Madre, vamos a olvidarnos de este asunto y quiero pedirte algo, dentro de un mes habrá una festividad muy importante en la imprenta, me sentiría muy feliz si vinieras. La hija de Gadea se retiraba cuando escuchó a su madre preguntarle.
-¿Está embarazada otra vez, verdad?
-Si, es el quinto.
-¡Es tan joven!
-Si, es joven, tonta y fea –dijo Kima alejándose con pasos apresurados.

LOS ILUSTRES VISITANTES

Todas las salas que daban hacia el patio central de la imprenta se habían transformado en el territorio transeúnte de la Feria del Manuscrito, durante la semana en que se celebraba el cuarenta y cinco aniversario de su fundación. Atestado el lugar de ilustres visitantes que iban y venían con catálogos en mano, solicitaban ser atendidos personalmente por los dueños que no se daban a basto para atender a tal cantidad de expertos coleccionistas, y a un buen número de rastreadores de obras antiguas, raras e inéditas.

Antonello Guinelli finiquitaba algunos detalles con ciertos caballeros venidos desde la isla danesa de Hven. Por encargo del célebre astrónomo Tycho Brahe, los personajes le solicitaron al artista italiano un sofisticado diseño de naipes simbólicos, los que serían impresos en la imprenta del centro astronómico edificado en las entrañas del Castillo de Urania. Guinelli después de atenderlos se retiraba de su despacho, cuando fue abordado por tres individuos que solicitaban información sobre un antiguo manuscrito.

-Señor Guinelli –dijo un hombre grueso de barba puntiaguda y entrecana- estamos interesados en la obra del Magister Prinio Corella, sabemos que existen al menos quince o veinte manuscritos suyos y por supuesto su Magna Obra.
-Corella… Corella. Si lo recuerdo, efectivamente –dijo hojeando el registro- aquí tengo algo: “De creatione quintae essentiae” (1478), “Elixir Vitae” (1482) y “Ars Major” (1490).
-¿Es todo? –preguntó decepcionado el hombre.
-Por desgracia gran parte de su obra fue prohibida y devastada, pero existe una relación muy prolija que el abad Jacobo de Grinaldi escribió en una biografía del “Doctor Absolut” bastante completa.
-¿Podemos verla?
-Por supuesto, síganme –dijo Guinelli encaminándose a la biblioteca. Tomó el manuscrito de una vitrina y se lo mostró a los hombres que se habían sentado alrededor de una mesa. El texto de Grinaldi mencionaba detalladamente nueve manuscritos como obras menores y diez más a los que les concedía plena importancia.

Un hombre delgado, de aspecto macilento y lo bastante alto como para sobresalir su cabeza entre la nutrida concurrencia que se había congregado en el patio central, intervino con la siguiente aclaración, -El abad no menciona nada de su Magna Obra que debió haber concluido en 1498.
-¡Imposible! –dijo de inmediato Guinelli- Prinio Corella murió en 1496 en un lamentable accidente cuando su carruaje cayó por un acantilado de la sierra Tramuntana al despeñadero- Los tres hombres se vieron sorprendidos, incrédulos.
-Existen varios manuscritos que dan testimonio de su Magna Obra, Eliphas el Magnífico lo cita varias veces al igual que Jonathan Von Debra entre otros que tuvieron correspondencia con él hasta 1498 –informó el menos viejo que no había pronunciado palabra.

-¡Qué contrariedad! No sé que decirles, al menos algo es seguro, jamás encontraron su cuerpo. Hay muchas historias al respecto, que la marea arrastro su cadáver al fondo del mar. Que fue rescatado en vuelo por un ángel. Que cayó sobre la arena como blanda espuma y siguió caminando como si nada. En fin, cualquier cosa, lo cierto es que su muerte sigue siendo un misterio y nadie ha dado fe de su Magna Obra. Me temo señores que no puedo ayudarles más.

Guinelli salió de la biblioteca para reunirse con su hija Kima, la joven charlaba cerca de la fuente del patio central con Guillermo Doménech y Juanjo Vivot, los dos hidalgos eran originarios de Mallorca. El primero era un cartógrafo consumado y el segundo un políglota, erudito y estudioso de heráldica. Ambos caballeros solían visitar la imprenta durante sus fortuitas estancias en la isla como un retiro solaz entre sus viajes incansables.

El grupo escuchaba de buen agrado las anécdotas que Doménech solía relatar cuando Guinelli vio a Gadea como una apacible imagen parada en el descanso de la escalinata bajo la arcada del pórtico interior. Antonello no pudo ocultar su alegría y sin disculparse del corrillo se encaminó hacia su esposa que también lo había advertido. Como una pareja de enamorados los vio Kima tomados de la mano aproximarse a ellos. Con casi sesenta y cinco años a cuestas la señora Guinelli conservaba la belleza y la elegancia que en su juventud le fueran características.

Gadea elogió con modestia y probado conocimiento el notable trabajo de la imprenta durante todos esos años. En pocos minutos la naturalidad de la conversación se convirtió en una delicia hasta que uno de los interlocutores se dio cuenta que eran observados sin pudor por tres caballeros. Con cierta discreción éste les señaló a los insolentes personajes.
-El regordete de barba es Arthur de Yehak, famoso alquimista de la corte de Rodolfo II –dijo Juanjo Vivot. -El alto escuálido es el astrónomo y matemático Wenceslao Stroff, también asentado en el bastión de la Academia de Alquimia Praguense. El otro no me es conocido –añadió el cartógrafo que les dirigió una mirada sin reparos- supongo que vienen de Bohemia…

Por lo que veo –agregó Doménech- por aquí bulle el corazón de los “destillatores” y circula mucha sapiencia de los laboratorios herméticos de Praga.
-Un momento, un momento… -dijo en tono más que efusivo Juanjo Vivot- ¡Es Kelley!, el controvertido médium particular del Dr. Dee.
-¡Por supuesto! –Intervino el cartógrafo- bastante bien conocido por su mecenazgo dispensado por parte de Isabel I de Inglaterra.
-Aunque no menos popular por haber perdido las orejas en manos de la justicia. Su nombre verdadero –susurró Vivot casi al oído de los escuchas- es Edward Talbot, quién se desempeñó muy joven como escribiente y más tarde se supo que era un artífice harto mentiroso y un auténtico falsificador de documentos.

Antonello Guinelli no pudo evitar cierto nerviosismo, sugirió que un asunto pendiente obligaba a su esposa y a su hija regresar a la hacienda. Se disculpó prometiendo a la brevedad posible regresar dejando de súbito a los dos jóvenes con un palmo de narices. Gadea y Kima se despidieron con sutil presteza sin entender nada, En el carruaje hablaron poco y la pregunta de Kima respecto a lo sucedido quedó de momento sin respuesta.

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