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28 de diciembre de 2012

URANIBORG (capítulo 32)



EL CASTILLO DE LAS ESTRELLAS

La noche iluminada por los astros del firmamento invitaba a su apacible contemplación, porque los puntos luminosos del manto del cielo se podían observar a simple vista. Venus dominaba el espacio celeste con su majestuosa luz mientras Sophia señalaba al planeta con su mano derecha, haciendo observaciones y relatos que kima escuchaba con auténtico interés.

Ambas mujeres hacían un recorrido por las inmediaciones del Uraniborg en las proximidades del Stjerneborg, mejor conocido como “Castillo de las Estrellas”. Esta edificación muy parecida a la disposición básica del Uraniborg, se caracterizaba por estar construida al nivel del suelo y se encontraba dedicada exclusivamente a la investigación astronómica. Tycho Brahe había dispuesto la construcción del segundo observatorio ya que el Uraniborg no era lo bastante estable para los instrumentos de precisión que se veían afectados frecuentemente por el viento. Una impresionante pared de grandes arcadas abiertas cercaba totalmente la construcción.

Ellas observaban el ir y venir de los astrónomos que se internaban en cualquiera de los cinco fosos subterráneos de donde salían los obturadores de los aparatos de observación. Una bóveda rotaba entre los edificios construida sobre los hoyos de un instrumento. Kima pensó que Juanjo, tal vez se encontraría en ese momento en el Hypocaustum, la sala central de la plaza, junto a Tycho y otros estudiantes observando el cielo.

En el otro extremo de la isla, en una lóbrega taberna apartada de la pequeña zona de pescadores, Guillermo Doménech supervisaba a la luz de las velas, a un grupo de siete copistas que se daban a la tarea expedita de reproducir el manuscrito de Gadea, erróneamente atribuido al Magister Prinio Corella. Ese mismo año, en 1590, Kelley ajeno a la suerte del manuscrito que él tuvo a bien deshacerse por 600 ducados, de manos del Emperador Rodolfo II, recibía de la misma mano del propio Emperador un título nobiliario, el Eques auratus, equivalente al Sir inglés. No obstante el gusto no le habría de durar mucho tiempo, ya que más tarde el intrépido alquimista, sería arrojado a las mazmorras del castillo de Krivoklát.

Las estafas de Kelley habían llegado demasiado lejos. Su actuación más asombrosa fue cuando vertió una gota de un aceite color carmesí sobre medio kilo de mercurio supuestamente para transmutarlo en oro. Una muerte grotesca habría de esperarle intentando escapar mediante una escalera que él mismo elaboró con la ropa de su propia cama.

EL PASADIZO DE LA MAZMORRA

Aparecían los primeros rayos del sol cuando Doménech se internaba sigilosamente al sótano del Uraniborg. La pequeña biblioteca anexa al laboratorio de alquimia de Tycho Brahe era el recóndito lugar que el astrónomo le había asignado para descifrar el enigmático manuscrito, del cual ni una sola palabra nadie había podido desentrañar. El afamado políglota, erudito y estudioso de heráldica, se disponía a intercambiar la obra recientemente falsificada cuando escucho pasos apresurados que venían de la escalera que conducía al sótano.

Con gran nerviosismo colocó sobre la mesa de trabajo el original del manuscrito y conservó la copia bajo la amplia camisa blanca que tenía ajustada a su cintura. Los pasos cada vez más sonoros se intensificaron en la escalera de piedra escasamente iluminada por un par de antorchas impregnadas de aceite. Retumbaban con fuerza en el breve corredor las pisadas y las voces agitadas de varios hombres. Violentamente se abrió la pesada puerta de madera dejando al descubierto el formidable cuerpo de dos sujetos, que se abalanzaron con inaudita fuerza sobre Guillermo Doménech.

A empujones, sin que él forcejeara para nada, fue conducido a otro extremo del sótano a lo largo de un estrecho pasillo, hasta llegar a un vestíbulo que remataba en la embocadura de unas escaleras que bajaban un poco más de cuatro metros. El pasadizo se bifurcaba en una húmeda mazmorra con dos celdas escasamente iluminadas. Penetraron en una de ellas donde fue arrojado con violencia al suelo. Justo a los pies de Tycho Brahe. El mismo enigmático personaje que a la edad de veintiséis años había observado una supernova en la constelación de Cassiopeia. Descubrimiento de suma importancia en su época, que de inmediato lo había convertido en un respetado astrónomo.

Guillermo Doménech levantó la vista hasta que sus ojos alcanzaron el rostro inmutable del científico, que hacía tan sólo unas semanas le había prometido una importante compensación, por desentrañar el enigmático contenido del manuscrito que le había confiado nada menos que el Emperador Rodolfo II. Cuando el astrónomo le solicitó al supuesto experto en el arte de la criptografía, los resultados obtenidos mediante la práctica de ciertos códigos y claves secretas, con los que en teoría y con relativa facilidad, el políglota llegaría al fondo del contenido de la incomprensible obra. Éste enmudeció.

Tycho Brahe enfurecido le atinó con tal fuerza una patada al indefenso hombre, que fue a dar contra unos cacharros que contenían suciedades con restos de comida putrefacta y agua inmunda. Doménech desde su lamentable y dolorosa posición alcanzó a ver en la penumbra al sujeto con el que se había entrevistado meses atrás en el interior del recinto del Castillo de Praga. El muy miserable había tomado la paga escondida en un pequeño envoltorio, a cambio de conseguirle siete copistas, los que habrían de concentrarse en una taberna de la isla danesa de Hven, en fecha acordada oportunamente.

LOS NAIPES SIMBÓLICOS DEL UNIVERSO

Los planes de los osados mallorquines empezaban a quedar al descubierto. Juanjo Vivot y Kima ignorantes de la suerte de su amigo, se vestían de gala para la gran ceremonia que esa noche tendría lugar en el gran salón de fiestas del Uraniborg. Justo después de que Kima le hiciera entrega a Tycho Brahe, del sofisticado diseño de los naipes simbólicos del universo, los que serían impresos en la imprenta del centro astronómico edificado en las entrañas del Castillo de Urania. Ciertamente el diseño fastuoso de las cartas no era autoría del padre de Kima, el famoso impresor y artista italiano Antonello Guinelli.

Kima ante la precaria salud de su padre, en los últimos meses de su estancia en la hacienda, había concluido y modificado el soberbio diseño de los naipes simbólicos, que por encargo del astrónomo habrían de representar el oráculo de la humanidad y el universo.

Juanjo Vivot repasaba cuidadosamente lo acontecido esa mañana. Desde temprano, el día había estado iluminado por el sol y en el ambiente reinaba una cálida brisa que traía el aroma salobre del mar. Recordó el azul turquesa del domo perfecto coronando la torre principal. Frente a ella, en simetría impecable, trazando un triángulo imaginario, se levantaban las otras dos torres cilíndricas, todas ellas con su techo móvil, protegiendo a esa hora del día los delicados y precisos instrumentos de observación de Tycho.

Brahe acompañado de su inseparable enano Jepp y Longomontanus su hijo mayor, seguidos de Kima y Juanjo Vivot quienes los seguían tratando de igualar el paso acelerado del astrónomo. Las cinco figuras atravesaron a paso veloz el espacio de la galería de los relojes, de los cuadrantes solares, los globos y las figuras alegóricas, hasta llegar a sótano donde se encontraba la magnífica imprenta bajo las instalaciones del Stjerneborg abastecida con su propio molino de papel.

Kima le entregó con cierto nerviosismo a Tycho los cincuenta y seis moldes de madera tallados en relieve y las pruebas de los impresos en las cuales predominaban los astros del universo, entrelazados con figuras geométricas, personajes y símbolos extraños, que sin lugar a dudas hacían referencia a ciertas imágenes de la alquimia.

Tycho Brahe mandó imprimir en sus propios talleres los naipes que le enviara Antonello Guinelli a través de su hija Kima. El astrónomo personalmente supervisó las pruebas, determinó la cantidad de pigmento que deberían contener los colores que ahí mismo se prepararon y él mismo ordenó los finos decorados que darían el acabado final con delgadas capas de oro. Kima ni su padre jamás vieron tan hermosa obra terminada.

Juanjo Vivot terminaba de vestirse para la cena de gala de esa noche, ignoraba el paradero de Guillermo Doménech y cuando su amigo no se presentó en la mañana en el lugar acordado por ambos, empezó a sospechar que algo andaba mal. La ceremonia brillaba en su esplendor, derroche de ostentación, magnificencia y grandiosidad rodeaban el salón principal del Uraniborg. Comida y bebida en exceso. La música y el resplandor de las lámparas a tono con la suntuosidad de los invitados, estaba acorde con el donaire de Tycho Brahe que ese día traía impecablemente pulida su nariz artificial de oro y plata.

Kima no alcanzó a presagiar nada extraño no obstante el nerviosismo de su marido. El erudito y estudioso de heráldica fue el gran ausente en la gran celebración que por partida doble supuestamente se celebraba en secreto en esa ocasión: Los naipes del Oráculo del Universo y la interpretación del codiciado manuscrito.

En la madrugada, se fueron retirando los invitados. Cesó el clamor de la música y el resplandor de las luces se fue debilitando, Juanjo y Kima se despidieron con un apasionado beso y se retiraron cada uno a sus habitaciones. Justo en la oscura escalinata que conducía al tercer piso, Vivot fue abordado por dos corpulentos hombres que lo llevaron amordazado a la mazmorra, junto a la celda contigua donde se encontraba prisionero su inseparable amigo.

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1 comentario:

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