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LA CASA DE LAS GÁRGOLAS (capítulo 2)



LA CASA DE LAS GÁRGOLAS

La residencia estaba construida en la ladera de la montaña. Hacia el exterior, del lado de la calle la casa daba la apariencia de tener un sólo piso, una gran barda de piedra ocultaba el jardín del primer nivel. Los frondosos árboles llenaban de sombra las terrazas de la estancia, la biblioteca, la sala formal y el comedor que estaban divididos por una chimenea laminada con un tiro de cobre circular. En ese primer nivel también se encontraba un baño, la cocina, el desayunador y la cochera que podía albergar tres vehículos. Un patio cerrado comunicaba el cuarto de servicio y el dormitorio de Romelia y su hija Yara con la cocina.

El segundo nivel bajaba metro y medio por una amplia escalera de madera la cual remataba en un pasillo, que conducía a una pequeña sala y a las tres recámaras dotadas de baño, que como toda la casa tenían grandes ventanales con una magnífica vista frente al lago. La escalera continuaba bajando en forma de media elipse otro metro y medio hasta llegar a una sala de T.V., un baño y dos recámaras más, las cuales cada una tenían salida independiente a la terraza. Una pérgola conducía finalmente al invernadero. En un extremo del jardín oculto por el follaje de grandes olmos, había una pequeña construcción donde vivía Artemio.

Toda la casa de estilo colonial mexicano era lo suficientemente grande para que Pamela pensara sin lugar a dudas que sería como buscar una aguja en un pajar. La pareja eligió para ellos la recámara de huéspedes. Su proximidad con la pérgola cubierta de enredaderas "huele de noche", inundaba las habitaciones de la terraza con un tenue aroma floral.

Era de madrugada, Pamela no podía conciliar el sueño, sus grandes ojos veían fijamente el techo tratando de encontrar una respuesta razonable. ¿Y si todo fuera una infame mentira? Jamás, nunca, ni el más insignificante indicio le hacía suponer a otros padres que no fueran los únicos que ella conoció y a los que amó con gran veneración. No, todo tenía que ser una macabra historia concebida en la retorcida mente de la tía Felicia. Se repetía lo mismo una y otra vez atormentándose entre el alud de recuerdos que se entretejían distantes hasta donde le alcanzaba la memoria. Con los ojos enrojecidos y llenos de lágrimas no supo en que momento se quedó profundamente dormida.

Cuando despertó encontró una notita de Ferdinán junto a la almohada.

"Preciosa, no me esperes a comer, estaré todo el día en el Instituto. Descansa. Te quiero Fer".

Estaba tan absorta tratando de organizar su rudimentario plan que había concebido durante el insomnio que no se había percatado de Yara quien llamaba insistentemente a la puerta.
-Adelante, esta abierto. -Dijo alzando el tono de voz. De inmediato se abrió la puerta. Yara entró muy sonriente portando una charola con alimentos y el periódico local.
-Buenos días señora Pamela, su esposo me dijo que le gustan los huevos estrellados con jamón y el jugo de naranja, el pan tostado y el café con leche. ¿Desea algo más la señora?
-Sí, por favor pásame la revista "InterDiseño” -le solicitó Pamela indicándole una mesita que tenía un par de libros y algunas revistas.
-¿La grande? -preguntó con toda naturalidad la muchacha.
-No, la que dice InterDiseño y Arte Virtual.
-¿Ésta? –pregunto de nuevo Yara mostrándole una de las revistas.
-La única que dice InterDiseño. -Insistió Pamela.
-Disculpe señora Pamela, es que... no le entiendo a la letra.
-¿Quieres decir que no sabes leer? –dijo incrédula la mujer y al no escuchar pronta respuesta, arremetió con impaciencia.
-¿Es eso?
-Sí, bueno no,
-Por fin, si o no. -Dijo desesperada Pamela.
La muchacha se puso a llorar tapándose la cara con el mandil, entre sollozos balbuceando un hilo de voz alcanzó a decir. -Mi nombre si lo puedo leer.
-Olvida la revista y ya no llores, prepárate porque quiero que me acompañes al malecón.
-Ya estoy lista señora Pamela. -Contestó de inmediato la muchacha que había recobrado su ingenua sonrisa.
-Saldremos en dos horas, antes tengo que hacer una llamada importante.

En la falda de la montaña y a orillas del lago se desarrolla la actividad social y mercantil de Tesiutla. El centro de la pequeña ciudad de estilo colonial se extiende con sus calles empedradas, desde la iglesia Mayor de Santa Clara hasta el malecón. La fachada de los edificios construidos en no más de dos pisos, destaca de forma notable por el exquisito diseño de la herrería con que se adornan las puertas de los zaguanes, las rejas y los magníficos balcones. El conjunto urbano relata anécdotas e historias que se cuentan en las imágenes de las ventanas translúcidas, elaboradas con vidrios emplomados que llenan de colorido las calles.

Pamela dejó el carro frente al mercado de artesanías. Las dos mujeres caminaron en silencio hasta el malecón, ahí descansaron largo rato sentadas a la sombra de una palapa, hasta que las voces de un lanchero las sacó de su mutismo.
-Un paseo por el lago señito -dijo el hombre que vestía todo de blanco dirigiéndose a Pamela.
-Anímese señito -insistió el hombre nuevamente- el sol no pega fuerte por las nubes y la brisa está muy fresca. Yara veía con ansiedad a Pamela quien tenía el rostro desfigurado en una expresión de profundo dolor inescrutable.
-¿Se siente mal? -le preguntó la muchacha. Pamela movió la cabeza negando sin apartar la vista de algún punto perdido en el horizonte.
-Anímese entonces señora Pamela. Para que se le quite la tristeza -le suplicó Yara. La chica y el lanchero no le apartaban la vista a la afligida mujer que lentamente movió un poco el cuerpo como si fuera a perder el equilibrio. Sorpresivamente hizo un tosco movimiento, se puso de pie y dijo.
–Vamos Yara, el aire fresco nos hará bien a las dos.

ES VERDAD, TODO ES VERDAD

-Es cierto -dijo quedo, apenas si le escuchó Fer.
-Es verdad, todo es verdad -susurró Pamela.
-¿Qué cosa es cierto? -preguntó Ferdinán quien terminaba de instalar una computadora sobre la mesa de la alcoba.
-No son mis padres... me oíste, no son mis padres. -gritó Pamela con tal sentimiento de rabia, que ella misma tuvo que hacer un gran esfuerzo para controlarse.
Ferdinán se aproximó a su esposa, la besó y la abrazó fuertemente tratando de tranquilizarla.
-¿Localizaste al Dr. Lavista? -le preguntó Fer acariciándole el rostro.
-Si. -¿Y...? -Dijo que... mamá y papá nunca tuvieron hijos.
-Hijos no, pero si una preciosa hija que eres tú. -aseveró Ferdinán.
-Eso mismo dijo el Dr. -sonrió Pamela, limpiándose las lágrimas que le llegaban hasta la barbilla.
-Tontita, tus padres son Abigail y Henry Durán. En verdad, tienes que creerlo amor. Ahora tú y yo sabemos que si no te dieron la vida biológica, tenemos la convicción, y tú mejor que nadie lo sabes, que esas magnánimas personas te obsequiaron todos los días de su vida, con mimos y cuidados que nadie, entiende Pamela, que nadie te hubiera entregado con tanto amor como ellos.
-Tienes razón Fer, no puedo más que sentirme feliz y afortunada por haberlos tenido a ellos por padres amorosos, pero... te das cuenta Ferdinán, hay una mujer que en este momento está muerta, o quizá aún vive. Una mujer que me llevó nueve meses en su vientre... y me abandonó.
-No sabemos cuales fueron las razones que la obligaron a ello pequeña, cualquier juicio de tu parte podría resultar injusto.

Pamela asintió con discreción, había comenzado a serenarse y su rostro tomaba un aire reflexivo cuando súbitamente dijo -¡Claro!, mamá me ha dejado un mensaje. Tal vez ella sabía algo y nunca se atrevió a decírmelo. El paquete, Fer. El paquete tiene que esclarecer muchas cosas. Violentamente Pamela salió corriendo por el pasillo, subió las escaleras dando desmesurados brincos hasta llegar al corredor del piso intermedio. Ferdinán la siguió presuroso. Al aproximarse a la que fuera la recámara de la difunta Felicia, se detuvieron jadeantes frente a la puerta, Pamela tuvo que tomar con firmeza la manija porque le temblaba notoriamente la mano.

–Voy a hurgar hasta el último recoveco de su estúpido escondrijo -anunció iracunda la ahora dueña y soberana de la casa.
-Si es preciso destrozaré el colchón, los cojines, su ropa, sus adornos, sus malditos recuerdos, todo Fer, te lo aseguro -dijo Pamela sumamente exaltada. La puerta se abrió dejando escapar un desagradable olor a flores putrefactas. Atónitos descubrieron que la habitación estaba completamente vacía. Ni un solo indicio, ni siquiera la más remota señal que manifestara la acaecida presencia de la persona que había ocupado en vida esa alcoba por más de sesenta años. Hasta el tapiz de los muros y la duela del piso de madera habían sido recientemente arrancados.

CENTRO DE ESTUDIOS DE INTELIGENCIA ARTIFICIAL

Ferdinán daba una cátedra de robótica en la Universidad Politécnica Regional y en sus tiempos libres se reunía en el CEIA, (Centro de Estudios de Inteligencia Artificial) con un grupo de jóvenes investigadores interesados en un proyecto común sobre inteligencia artificial. Era la víspera de su entrega de investigación bibliográfica y las hojas de su informe se encontraban aún desiertas. De tanto en tanto garabateaba algunas líneas seguidas de figuras y símbolos algebraicos, que eran prontamente desechados al igual que las hojas de papel que iban a parar atropelladamente al cesto de basura.

-Es inútil, el día de hoy las buenas ideas me han abandonado -se dijo en un tono de cabal resignación- Permaneció en ese estado de abulia mental durante largo rato. Minutos después del mal logrado intento científico literario, había decidido retirarse de su cubículo en la universidad cuando una imagen al otro lado de la ventana llamó sobre manera su atención. Los rayos del sol que se transponían sobre el tupido follaje de un árbol crearon una extraña figura.
-Es un hombre que está a punto de levantar algo... – pensó- tal vez un cuerpo muy pesado. Intentaba desentrañar el confuso objeto, y en cuestión de segundos la imagen se transformó nítidamente en un toro envistiendo un cadáver. Parpadeó para cerciorares y nuevamente la imagen del hombre se había hecho presente. Forzó la vista y tras varios intentos logró enfocar de nuevo al toro. Una brisa ligera movió las hojas del arbusto perdiéndose el arreglo original de ambas siluetas. Tal visión le permitió hacer varias reflexiones con las cuales inició de inmediato su artículo que sería incluido en el índice de la revista Robótica del CEIA.

“Emular la neurofisiología, psicología y psicofísica del ojo humano para determinar esquemas aplicables en visión artificial, establece ante las ventajas el riesgo especulativo de las ilusiones visuales” -leyó directamente del monitor de la computadora el texto que acababa de escribir.
¿Es la visión artificial una forma de procesamiento de imágenes de un mundo tridimensional dinámico, o es el arreglo superpuesto de planos bidimensionales los que determinan las escenas tridimensionales? ¿Por qué ocurre la inversión de la imagen? Ferdinán sabía que las preguntas acababan atiborrando siempre sus hojas en blanco, lo demás es especulación decía, ¡al fin, sabemos tan poco de lo que ocurre en el cerebro!

CANCIÓN DE CUNA DE BRAHMS

Pamela creyó conveniente revisar el dormitorio que había sido de su madre aunque tenía la certeza de que allí no encontraría nada. –Felicia, de existir el supuesto paquete, -se decía, sería este el último lugar donde lo habría ocultado. Entró resuelta en la habitación, le pareció un acto tan habitual que sintió por un momento la grata presencia de Abigail. Todo permanecía en su lugar como antaño y los objetos parecían guardar un riguroso orden cronológico, que concluía de un solo tajo con una foto de familia previa a su matrimonio con Henry.

No había ningún indicio de las visitas que solían hacer sus padres ocasionalmente a la casa de las Gárgolas, aunque ciertamente nunca habían permanecido ahí por más de tres o cuatro días. Ella misma apenas si tenía recuerdos relevantes de sus abuelos. A Felicia nunca la conoció físicamente ya que tenía a bien encerrarse a lodo y piedra cuando ellos llegaban a la residencia de los Thien. Claro que doña Aurora siempre pretextaba una piadosa disculpa para acreditar todo tipo de indisposiciones que solían ocurrirle a su pobre hijita.

Pamela abrazaba hablándoles con ternura a las graciosas muñecas mientras escuchaba una y otra vez la canción de cuna de Brahms que salía melódicamente de una cajita de música, y en su extenuado delirio trataba de adivinar porqué todo en la habitación parecía tan pulcro, que más que reverberar un acto de limpieza, evidenciaba notoriamente una deliberada maniobra de omisión, ¿pero qué se pretendía ocultar? Se preguntaba la joven con gran desconcierto. ¿Quién y por qué quería enmascarar el terrible sufrimiento de Abigail antes de morir a consecuencia del fatal accidente automovilístico, en el que perdiera instantáneamente la vida su gran compañero Henry? Abigail sobrevivió tan sólo dos días después del accidente.

En aquel tiempo Pamela era estudiante de Arte en Barcelona, llegó justo a Tesiutla para ver morir a su madre y darles santa sepultura a quienes le habían dado el privilegio de amarla como a una hija.
-De esta habitación partieron aquel día, -ponderó mentalmente la hija legitimada de los difuntos Abigail y Henry absorta en un mar de desconsuelo. Han pasado ya cinco años, recapitulaba reflexiva escudriñando los acontecimientos pasados. Salieron temprano en la mañana hacia la ciudad de México para celebrar con algunos amigos su aniversario número 28, nunca llegaron al lugar donde les aguardaban.

La biblioteca resultó ser el espacio perfecto para instalar el ultramoderno taller de ciber-arte. Pamela sabía que el sol matinal y la majestuosa vista frente al lago estimularían de gran manera su esmerada creatividad. La joven artista ordenó el desalojo de todos los libros, adornos y muebles de la estancia que quedó reemplazada por un cibernético territorio. Una Mac recién salida del mercado, lo último en escáner, una PC, la impresora láser a color, cámaras de fotografía y vídeo con interfase y hasta una sofisticada cabina de sonido transformaron de súbito el antiguo recinto. Los estantes de estilo colonial del librero que cubrían la pared de lado a lado y de piso a techo con regia madera de cedro se fueron llenando de nuevos libros, artículos y revistas especializadas que Pamela había coleccionado durante todos los años que duró su licenciatura en la universidad de Arte de Barcelona.
-¿Te gusta? -le preguntó a Yara quién se disponía a sacar las cajas vacías.
-Se ve bonito -dijo con su graciosa vocecita de niña ingenua.
–¿Y para que sirven todas esas cosas? -preguntó la muchacha señalando las máquinas con gran curiosidad.
-Deja ahí y ven a ver esto -le instó Pamela que acababa de abrir un archivo de su flamante Mac.
-¿Es una Tele? -interpeló Yara a su patrona.
-No tontuela pon atención. Mira, esto yo lo hice -le dijo en el momento en que apareció al centro del monitor una diminuta figura. Como una cavidad que creciera diestramente, la pantalla en un instante se fue cubriendo de asimétricos bloques angulosos con sofocantes colores que se acrecentaban al ritmo escalonado de la música. Una ráfaga de luz azul-violeta hizo estallar la imagen interior transformándola de manera brutal en el rostro fragmentado de una mujer.
-Es... usted señora Pamela -aseguró Yara fascinada por el espectáculo que acababa de presenciar.
-Tienes razón -contestó satisfecha Pamela. -Se retiraba la muchacha aún exaltada por las álgidas figuras cuando escuchó decir a su patrona.
-¿Cuando entras a la escuela? -El lunes señora -respondió Yara secamente con manifiesto desgano.

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EL CAOS (capítulo 1)


EL CAOS

Los rayos del sol inundaron la estancia cuando Pamela retiró los pedazos de fieltro que cubrían la ventana. Al desaparecer las improvisadas cortinas de la habitación se iluminaron las cajas esparcidas entre papeles, montones de libros, trebejos domésticos y tal profusión de revistas que apenas si había espacio en el piso para el equipaje, los aparatos de cómputo y los estorbosos cables eléctricos que pasaban por debajo de una cama arrinconada. Ferdinán protestó emitiendo un sonido gutural al tiempo que se cubría la cara con la sábana. -Es mediodía Fer -insistió Pamela- debemos desempacar. Todo esto está hecho un caos, prometiste ayudarme ¿lo recuerdas?

-¿Sabías que los sistemas caóticos pueden predecirse? -dijo Ferdinán ignorando la súplica de su esposa.
Tras un instante de silencio se incorporó con discreción volviéndose hacia ella. –El cambio de la naturaleza dinámica del universo -agregó por fin ante la asombrosa expresión de la mujer.
-¡Es imprevisible! -añadió con un gesto pensativo y concluyó categóricamente- debido a las influencias externas del azar.
-¿Si te refieres a la naturaleza azarosa de todas estas cosas en desorden...?
-¡No, no, no! -La interrumpió bruscamente sin apartar los ojos que tenía clavados en el reloj de pared cuando éste marcaba las once con treinta y tres minutos.
-Aparente desorden. -Reflexionó el marido con ensayado estrépito teatral- Pamela asintió sin decir una sola palabra, situación que Ferdinán aprovechó para agregar.
-Si pudieran eliminarse las influencias del azar, los sistemas caóticos serían predecibles, ¿te das cuenta?
-Si. Por supuesto, ya comprendo, resulta que ahora yo tendré que ordenar todo esto.
-No pequeña, no me refiero a nuestra habitación, es algo un poco más complejo, es como... el péndulo del reloj.
-¿Bromeas? -dijo Pamela volteando hacia el muro tapizado de menudas florecillas.
-Bueno, el ejemplo no es muy apropiado ya que el péndulo es en realidad un sistema muy simple, pero en el fondo no deja de ser un sistema caótico afectado por condiciones tales como: posición inicial, velocidad etc.

Pamela se aproximó a Ferdinán, se sentó en el borde de la cama, tomó las manos de su esposo entre las suyas, el permaneció largo rato pensativo, distante, hasta que el repicar pertinaz del teléfono los sacó de súbito de ese estado afectuoso y reflexivo.
-¡Bueno! -tomó la llamada Ferdinán- si... si, ella está aquí conmigo... si dígame Licenciado Villalba... ¿de qué se trata? ¿Cómo? ¿Cuándo ocurrió? si... entiendo... ahí estaremos Licenciado, gracias... hasta pronto.
-¿Ocurre algo malo? -preguntó Pamela alarmada recogiéndose el lacio cabello que le cubría la mitad de la cara.
-La tía Felicia... -¿Está muerta, verdad?
-Si.

Es primavera. El jardín de la Casa de las Gárgolas exhibe majestuosos setos de flores policromas. La pérgola que une el acceso desde la terraza hasta el invernadero está cubierta de enredaderas. El camino de dalias florece como en los buenos tiempos en que doña Felicia personalmente removía la tierra librándola de intrusos y malas hiervas. El viejo Artemio aprendió la sensibilidad, el profundo amor y sus vastos conocimientos sobre jardinería a través de ella. Nadie más la añoró y la recordó tanto como él hasta el último día de su vida.

Doña Felicia fue la hija mayor de los esposos Thien. Abigail, su única hermana, diez años menor que ella era el reverso de una moneda impenetrable por naturaleza. Ambas hermanas vivieron siempre separadas a causa del carácter extremo y la inexorable personalidad enfermiza de la primogénita. Afectada desde temprana edad por todas las enfermedades propias de la niñez, y de otras tantas que vinieron a engrosar los vademécum especializados de la medicina de la época. Así, desde pequeña, Felicia se confinó junto con su madre a una existencia de absurda soledad y profunda amargura.

Por férrea determinación permaneció siempre soltera y cuando Abigail contrajo matrimonio a los 19 años, la primogénita de los Thien enfermó gravemente de un extraño mal del que todos creyeron no se repondría jamás. Doña Aurora, una mujer enigmática, a veces de carácter violento y sorpresivo, y otras, más pusilánime que afectuosa, se dedicó por completo al cuidado de su delicada hija, a tal grado que surgió entre ellas una dependencia física y mental llevada más allá del límite de la salud de ambas.

Una vez a la semana la joven era sumergida en un baño tibio impregnado de sales de Epsom, maicena, romero y tomillo pringosamente pulverizado con ciertos aceites esenciales de flores y otras especies aromáticas. El ritual matutino reiterado con sumo cuidado cesó cuando Felicia de forma inexplicable se cansó de su mundo silencioso, del calor de la cama, del encierro y de los baños perfumados y, tranquilamente y como si nada, un día se levantó de su mórbido tálamo con tan inaudita fuerza, que no hubo poder humano capaz de evitar que caminara desnuda, vociferando horrorosos chillidos por todos los rincones de la casa. Su debilitada madre comprendió que ya no le hacía falta.

Después de su matrimonio, Abigail y su esposo Henry Durán se fueron a vivir al extranjero. Como viajaban frecuentemente siempre se dieron tiempo para visitar a la familia Thien una o dos veces al año. En su noveno aniversario ocurrió algo insólito. Vivían en una finca cerca de Barcelona, regresaban ya tarde del salón de fiestas del hotel Derby donde los habían festejado unos amigos, y les sorprendió a su regreso encontrar todas las luces de la residencia encendidas. Al llegar a la cocina encontraron a Matías y a Manuela su mujer quién era el ama de llaves y su antigua nana, con una recién nacida entre los brazos. Los esposos Durán estaban atónitos. La niña había sido abandonada cerca de la puerta de servicio, y como Abigail y Henry no tenían hijos lo tomaron como una bendición del cielo.

Particularmente por esas fechas los Durán cumplían un poco más de seis meses de no visitar al matrimonio Thien, circunstancia que les favoreció para hacerles creer a los viejos que pronto serían abuelos. Le pusieron de nombre Pamela, la chiquilla gozaba de cabal salud, era tranquila y dulce y para sorpresa de los pocos enterados del oscuro origen de la pequeña, no dudaban en decir con aplomo que era el vivo retrato del señor Durán.

Felicia tomó la noticia como patada en el hígado, nuevamente enfermó a tal grado que tuvo que ser internada en un centro de descanso. Ahí conoció a Jeremías Frike, un capitán emérito aficionado a la jardinería. Gracias a él, por primera vez en su vida emprendió una ocupación capaz de justificar su existencia. Aquella entrega sin reservas al profundo conocimiento de las plantas, los tiempos de riego, el abono, los nutrientes de la tierra, la época de poda y hasta los más insignificantes secretos, le fueron revelados pacientemente por el capitán Frike. Un año después, al cumplir los 39 regresó a su casa e inició la construcción del jardín y seis meses más tarde la del espléndido invernadero.

EL TESTAMENTO

VILLALBA Y FONSECA. ABOGADOS. Leyó en silencio Pamela el texto en relieve de la placa de bronce. El vigilante les hizo firmar el libro de control de acceso a la vieja casona donde el Lic. Julio Villalba y sus dos hermanos atendían los asuntos legales de la alta sociedad de Tesiutla. El pequeño poblado se erguía en la montaña frente al sol del amanecer que se reflejaba plácidamente sobre el espejo de agua del lago Xocholoapan.

Pamela llevaba el cabello recogido con un broche y anteojos oscuros que no podían ocultar su agradable rostro. Ferdinán la llevaba del brazo y a ratos parecía susurrarle algo al oído, ella respondía tan sólo con una serena sonrisa. Caminaron despacio hasta el despacho conducidos por una joven ataviada con un caftán de grandes flores bordadas a mano. A los pocos minutos llegó el Licenciado acompañado de un adjunto, se saludaron con cierta solemnidad como un presagio inminente a los próximos acontecimientos. Pamela sintió un escalofrío, miró fijamente el legajo depositado sobre la carpeta de piel que cubría parte del escritorio. El licenciado Villalba dio lectura al testamento.

Había transcurrido apenas un mes de su estancia en el despacho de los juristas, cuando los recién casados se mudaron a la Casa de las Gárgolas, llevando consigo su menaje y las escasas pertenencias que permanecían aún sin desempacar. En ese tiempo Artemio el jardinero, estaba por cumplir 70 años, había perdido prácticamente el oído y una enfermedad ósea degenerativa lo mantenía la mayor parte del tiempo en cama. Romelia la cocinera entró a trabajar en la casa el mismo año que Felicia regresó del centro de descanso. A la doméstica la había embarazado un albañil del que nunca nadie supo nada. Su hija Yara nació en la residencia y a sus 23 años la muchacha seguía siendo analfabeta.

La sirvienta los observaba de soslayo, titubeó antes de decir -¿le puedo ayudar en algo patrona?
-Sólo si no me dices patrona -dijo Pamela quién miró maliciosamente a Ferdinán. -¿Cómo le puedo decir entonces, patrona?
-replicó la muchacha. -Me puedes decir... señora Pamela -dijo con orgullo ostentando su reciente estado civil.
-Suena bien -agregó la joven esposa señalándole unas caja a la chica quién de inmediato empezó a ordenar las cosas colocándolas en el lugar que le era indicado. Yara era primitiva y resuelta, muy pocas veces había tenido ocasión de relacionarse con gente de su edad, era claro que no podía ocultar la felicidad que la embargaba, a partir de ese momento no se preocuparía más por los desplantes y caprichos de su difunta patrona.

Los últimos acontecimientos se habían desencadenado como un alud de circunstancias por demás inexplicables. Pamela y Ferdinán permanecieron conversando en la terraza hasta el amanecer. Durante meses nada les pudo evitar la presencia de Felicia derramando hiel desde el mismo lecho de su sepultura. Antes de morir la infame mujer le escribió a su sobrina en escasos renglones de su puño y letra, una fatídica y cruel noticia que habría de cambiar radicalmente su vida. Cuando Pamela leyó por primera vez el contenido de la hoja, sintió que el corazón le daba tremendo vuelco presionándole agudamente el pecho. En ese momento Ferdinán temió seriamente por su salud. El breve texto le notificaba parcamente lo siguiente:

INTRUSA, Has de saber que mi estéril hermana por piedad te recogió de la calle. Te quedas usurpando esta casa y los bienes de mi familia por voluntad expresa del testamento de mi anciano padre que bien sabe Dios lo mucho que se equivocó siempre. Yo por mi parte te comunico que gracias a mi mala memoria olvidé en algún lugar de esta casa un paquete que mi hermana Abigail dejó para ti. F.

Tan sólo una "F" como firma testimoniaba la legalidad del documento que el licenciado Villalba le había entregado a Pamela.

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ATRÁS QUEDABA DÖSEN (capítulo 33)

LA LUZ DEL SOL SE APAGÓ Sophia Brahe preparaba un remedio espagírico con plantas que ella y Kima habían recogido del huerto. La joven...