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5 de enero de 2013

ATRÁS QUEDABA DÖSEN (capítulo 33)



LA LUZ DEL SOL SE APAGÓ

Sophia Brahe preparaba un remedio espagírico con plantas que ella y Kima habían recogido del huerto. La joven mallorquín no perdía de vista los pasos necesarios en la elaboración del reconstituyente, del cual, la incansable horticultora, astrónoma y alquimista hermana de Tycho Brahe, esperaba obtener superiores propiedades terapéuticas del medicamento. El laboratorio de alquimia comenzaba a emitir el olor de la planta viva cortada en pequeños trozos a mano. Todo estaba perfectamente dispuesto en el laboratorio para dividir en sus componentes básicos el “azufre”, “mercurio” y la “sal” filosóficos, de cada una de las hortalizas a las que más tarde se les desecharían todas las sustancias inútiles.

Sophia acomodaba los utensilios de destilación en el fuego para extraer los aceites esenciales. Mediante la emisión del vapor obtendría el “azufre”. Posteriormente la fermentación del resto de la planta y la destilación del alcohol producido darían lugar a la fase del “mercurio”. La extracción de los componentes minerales de las cenizas calcinadas de las plantas, constituiría la “sal”. La dilución de los aceites esenciales en el alcohol y después la disolución de las sales minerales daría lugar a la poción final.

Parecía sencillo pero a Kima le pareció que seguramente una parte misteriosa y mágica estaría implícita en todo el proceso. Ambas mujeres pasaron varios días completamente aisladas en el laboratorio durante la elaboración de la pócima, a tal grado que ni siquiera Kima se percató de la ausencia de su esposo Juanjo Vivot. Un día más relajadas, en su habitación, la joven mallorquín le mostró a Sophia el estuche de las perlas que el Magister Prinio Corella le obsequiara a Melissa. Con gran cuidado Kima retiró la tela que cubría la caja de fina madera de ébano, con gran parsimonia abrió el estuche, liberó delicadamente el compartimento donde se encontraban ordenadas por su color las insólitas perlas que descansaban sobre un paño de terciopelo muy oscuro, inmediatamente retiró el separador del compartimiento opuesto, cerró la caja y se la entregó a Sophia.

Tal como se lo había explicado Kima, Sophia movió con un suave vaivén el estuche escuchando con cierta curiosidad el sonido que hacían las perlas en su interior. Después de hecho esto, Kima tomó la caja teniendo precaución de no mover las perlas del nuevo lugar que habían adquirido. Abrió el estuche y colocó el separador para sostener las perlas en su sitio. Inmediatamente se las mostró a Sophia. En ese instante, la luz del sol que entraba por las ventanas del jardín interior se apagó, una ráfaga de viento helado penetró hasta el interior de la habitación agitando las hojas de los libros y desperdigando todos los papeles que se encontraban sobre un escritorio. Las plantas del invernadero hacían un ruido insoportable agitándose unas contra otras. Algunas estanterías cayeron al suelo ocasionando graves destrozos.

Kima abrazó a Sophia, ambas sintieron con tal fuerza la borrasca que fueron a parar a una esquina del único muro que permanecía aún en pie. El techo se había desprendido y volaban por los aires las gruesas paredes del Uraniborg. La neblina de polvo hería sus ojos y no les permitía ver nada a su alrededor. El olor a tierra húmeda penetraba en cada uno de los poros de su piel cuando sintieron que había comenzado a llover. La gente corría por todas partes recogiendo cualquier cosa que pudiera serle útil para resguardarse, otros simplemente eran salteadores que hurtaban sin pena los objetos de valor. Sophia estaba horrorizada, un terrible dolor le punzaba en la cabeza mutilándola con un ruido rítmico, profundo e insistente.

Un criado apremiaba tocando la puerta de la habitación cada vez con más fuerza. Por fin ambas lograron salir del sopor pudiendo incorporarse, Sophia abrió la puerta mientas Kima permaneció a distancia sin poder escuchar lo que brevemente conversaron. ¡Debes irte! Le dijo sin más. La esposa de Juanjo Vivot empacó sus pertenencias, cuatro horas después las mujeres se despedían. En el acceso de servicio del centro de investigación astronómica un carruaje recogió a la joven mallorquín que se sorprendió de ver en el interior del coche a su sirvienta Fennia.

Después de casi dos semanas sufriendo un sinnúmero de vicisitudes durante el viaje desde la isla danesa de Hven, Kima y su sirvienta se encontraban a tan sólo unas horas de la ciudad de Leipzig. El camino le resultaba tan tortuoso como todas las interrogantes que se acumulaban en sus pensamientos. Hacía más de tres semanas que no tenía comunicación con su esposo desde su repentina desaparición la Noche de Gala, donde se habían visto por última vez en el salón principal del Uraniborg. Sophia había sido muy cautelosa. Tanto para arreglar el viaje en absoluto secreto, como en la silenciosa actitud respecto a cualquier información que pudiera aclararle lo ocurrido aquel día. “Él tendrá que explicarte muchas cosas” fueron sus últimas palabras cuando se despidieron.

Trató de dormir ignorando el monótono trotar de los caballos y los saltos repentinos que de cuando en cuando se sentían con brusquedad al pasar el carruaje sobre las continuas abolladuras del camino. Con el sopor de la tarde llegaron al pórtico de la estación de viajes Ausflug. Fennia la ayudó a bajar del coche, se sentía terriblemente triste y abandonada. Miró a la multitud que se congregaba en los alrededores tratando de reconocer a Juanjo. Solo una veintena de comerciantes criptojudíos y algunas mujeres con niños, se arremolinaban en espera de ascender a los coches que pronto saldrían hacia Hamburgo.

Se sintió devastada en el mismo punto de partida donde hacia poco tiempo, tanto ella como Juanjo su esposo y Guillermo Doménech, habían finiquitado los planes para recuperar el enigmático manuscrito de Gadea. Qué lejos estaba de pensar siquiera que el preciado documento se encontraba ya en manos de un famoso alquimista checo, llamado Jacobus Horcicky de Tepenecz quién por conducto del emperador Rodolfo II intentaba realizar su traducción. Sumamente afligida se sentó en una banca a esperar que algo sucediera. Señora Kima… Señora Kima Vivot, escuchó un par de veces que alguien la nombraba. Volteó sorprendida. Era un mozo bastante joven que le indicaba un carruaje que la llevaría al encuentro de su esposo.

EL LAGO MARKKLEEBERG

  El cochero a paso lento del trote de los caballos, se internó por un camino de tierra en tan mal estado que hubo necesidad de cerrar las ventanas para evitar ahogarse con el polvo. Por fortuna una hilera de árboles corría paralela al camino dándole una agradable sensación de frescura a la tarde que comenzaba a declinar. La luna los seguía iluminando el rústico sendero que en un momento dado, se fue aproximando a la orilla de un tranquilo lago, donde justo al centro, el majestuoso astro se había detenido. Minutos más tarde, entre la oscura arboleda que se veía en las inmediaciones, destacaba una pequeña edificación de cuyas ventanas escapaba la luz mortecina de las velas.

Los caballos relincharon cuando el cochero jaló las riendas para que se frenaran. Dösen era una antigua posada que en sus tiempos de gloria había albergado a los caminantes que transitaban por el viejo camino, desde las proximidades del lago Markkleeberg hasta Leipzig. Los propietarios, un matrimonio ya mayor, recibieron a las mujeres. Kima fue conducida a la habitación de Juanjo, tocó varias veces y al no recibir respuesta abrió la puerta. Vio a su marido profundamente dormido bocabajo, en una cama tan desprolija y rodeado de tal desorden que sintió verdadera pena por el hombre.

Lo tocó varias veces para despertarlo, cuando Juanjo se incorporó, se sobresaltó al ver a Kima. Se abrazaron y lloraron como niños, las palabras en ese momento salían sobrando, al fin estaban juntos nuevamente. Sin percatarse ellos, en ese momento entró Doménech haciendo gala de celebraciones. Retiró la ropa amontonada de una mesa y colocó algunas viandas, copas y unas botellas de vino. Bebieron sin medida hasta el amanecer. Apenas entraban tímidos los primeros rayos del sol por la ventana cuando despertó kima. Una terrible punzada le cortaba la cabeza, estaba sola y completamente desnuda. Se levantó con cierta dificultad, apenas si pudo caminar hasta la ventana. Vio a lo lejos, en el muelle del lago dos siluetas que correteaban una tras de otra completamente desnudas, no lo dudó ni un instante, eran Juanjo y su inseparable amigo Guillermo Doménech. No pudo más, cayó repentinamente de bruces en el suelo.

Una semana después se recuperaba bajo los cuidados solícitos de Fennia. En mal momento, por una notificación urgente se enteró de la grave enfermedad que tenía al borde de la muerte a su padre el ilustre artista e impresor Antonello Guinelli. Tres semanas más tarde partirían ambas mujeres al pueblo de Almagro, ubicado en la Ciudad Real de las tierras de Castilla la Mancha donde se encontraba la antigua propiedad de su abuelo Georg Ancarola, quién había muerto cinco meses atrás. La propiedad la había heredado su madre y toda la familia se había ido a radicar a la hacienda del difunto. Juanjo Vivot acordó reunirse con su esposa meses más tarde. El cartógrafo recientemente se había comprometido con gente del gobierno para la elaboración de algunos mapas de la región. Juanjo Vivot jamás regresaría a España.

Atrás quedaba Dösen con su posada hundida en la espesura de los árboles. El recuerdo de Juanjo agitando su mano fue una premonición ineludible, nunca pudo recordarlo de otra manera menos dolorosa.

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28 de diciembre de 2012

URANIBORG (capítulo 32)



EL CASTILLO DE LAS ESTRELLAS

La noche iluminada por los astros del firmamento invitaba a su apacible contemplación, porque los puntos luminosos del manto del cielo se podían observar a simple vista. Venus dominaba el espacio celeste con su majestuosa luz mientras Sophia señalaba al planeta con su mano derecha, haciendo observaciones y relatos que kima escuchaba con auténtico interés.

Ambas mujeres hacían un recorrido por las inmediaciones del Uraniborg en las proximidades del Stjerneborg, mejor conocido como “Castillo de las Estrellas”. Esta edificación muy parecida a la disposición básica del Uraniborg, se caracterizaba por estar construida al nivel del suelo y se encontraba dedicada exclusivamente a la investigación astronómica. Tycho Brahe había dispuesto la construcción del segundo observatorio ya que el Uraniborg no era lo bastante estable para los instrumentos de precisión que se veían afectados frecuentemente por el viento. Una impresionante pared de grandes arcadas abiertas cercaba totalmente la construcción.

Ellas observaban el ir y venir de los astrónomos que se internaban en cualquiera de los cinco fosos subterráneos de donde salían los obturadores de los aparatos de observación. Una bóveda rotaba entre los edificios construida sobre los hoyos de un instrumento. Kima pensó que Juanjo, tal vez se encontraría en ese momento en el Hypocaustum, la sala central de la plaza, junto a Tycho y otros estudiantes observando el cielo.

En el otro extremo de la isla, en una lóbrega taberna apartada de la pequeña zona de pescadores, Guillermo Doménech supervisaba a la luz de las velas, a un grupo de siete copistas que se daban a la tarea expedita de reproducir el manuscrito de Gadea, erróneamente atribuido al Magister Prinio Corella. Ese mismo año, en 1590, Kelley ajeno a la suerte del manuscrito que él tuvo a bien deshacerse por 600 ducados, de manos del Emperador Rodolfo II, recibía de la misma mano del propio Emperador un título nobiliario, el Eques auratus, equivalente al Sir inglés. No obstante el gusto no le habría de durar mucho tiempo, ya que más tarde el intrépido alquimista, sería arrojado a las mazmorras del castillo de Krivoklát.

Las estafas de Kelley habían llegado demasiado lejos. Su actuación más asombrosa fue cuando vertió una gota de un aceite color carmesí sobre medio kilo de mercurio supuestamente para transmutarlo en oro. Una muerte grotesca habría de esperarle intentando escapar mediante una escalera que él mismo elaboró con la ropa de su propia cama.

EL PASADIZO DE LA MAZMORRA

Aparecían los primeros rayos del sol cuando Doménech se internaba sigilosamente al sótano del Uraniborg. La pequeña biblioteca anexa al laboratorio de alquimia de Tycho Brahe era el recóndito lugar que el astrónomo le había asignado para descifrar el enigmático manuscrito, del cual ni una sola palabra nadie había podido desentrañar. El afamado políglota, erudito y estudioso de heráldica, se disponía a intercambiar la obra recientemente falsificada cuando escucho pasos apresurados que venían de la escalera que conducía al sótano.

Con gran nerviosismo colocó sobre la mesa de trabajo el original del manuscrito y conservó la copia bajo la amplia camisa blanca que tenía ajustada a su cintura. Los pasos cada vez más sonoros se intensificaron en la escalera de piedra escasamente iluminada por un par de antorchas impregnadas de aceite. Retumbaban con fuerza en el breve corredor las pisadas y las voces agitadas de varios hombres. Violentamente se abrió la pesada puerta de madera dejando al descubierto el formidable cuerpo de dos sujetos, que se abalanzaron con inaudita fuerza sobre Guillermo Doménech.

A empujones, sin que él forcejeara para nada, fue conducido a otro extremo del sótano a lo largo de un estrecho pasillo, hasta llegar a un vestíbulo que remataba en la embocadura de unas escaleras que bajaban un poco más de cuatro metros. El pasadizo se bifurcaba en una húmeda mazmorra con dos celdas escasamente iluminadas. Penetraron en una de ellas donde fue arrojado con violencia al suelo. Justo a los pies de Tycho Brahe. El mismo enigmático personaje que a la edad de veintiséis años había observado una supernova en la constelación de Cassiopeia. Descubrimiento de suma importancia en su época, que de inmediato lo había convertido en un respetado astrónomo.

Guillermo Doménech levantó la vista hasta que sus ojos alcanzaron el rostro inmutable del científico, que hacía tan sólo unas semanas le había prometido una importante compensación, por desentrañar el enigmático contenido del manuscrito que le había confiado nada menos que el Emperador Rodolfo II. Cuando el astrónomo le solicitó al supuesto experto en el arte de la criptografía, los resultados obtenidos mediante la práctica de ciertos códigos y claves secretas, con los que en teoría y con relativa facilidad, el políglota llegaría al fondo del contenido de la incomprensible obra. Éste enmudeció.

Tycho Brahe enfurecido le atinó con tal fuerza una patada al indefenso hombre, que fue a dar contra unos cacharros que contenían suciedades con restos de comida putrefacta y agua inmunda. Doménech desde su lamentable y dolorosa posición alcanzó a ver en la penumbra al sujeto con el que se había entrevistado meses atrás en el interior del recinto del Castillo de Praga. El muy miserable había tomado la paga escondida en un pequeño envoltorio, a cambio de conseguirle siete copistas, los que habrían de concentrarse en una taberna de la isla danesa de Hven, en fecha acordada oportunamente.

LOS NAIPES SIMBÓLICOS DEL UNIVERSO

Los planes de los osados mallorquines empezaban a quedar al descubierto. Juanjo Vivot y Kima ignorantes de la suerte de su amigo, se vestían de gala para la gran ceremonia que esa noche tendría lugar en el gran salón de fiestas del Uraniborg. Justo después de que Kima le hiciera entrega a Tycho Brahe, del sofisticado diseño de los naipes simbólicos del universo, los que serían impresos en la imprenta del centro astronómico edificado en las entrañas del Castillo de Urania. Ciertamente el diseño fastuoso de las cartas no era autoría del padre de Kima, el famoso impresor y artista italiano Antonello Guinelli.

Kima ante la precaria salud de su padre, en los últimos meses de su estancia en la hacienda, había concluido y modificado el soberbio diseño de los naipes simbólicos, que por encargo del astrónomo habrían de representar el oráculo de la humanidad y el universo.

Juanjo Vivot repasaba cuidadosamente lo acontecido esa mañana. Desde temprano, el día había estado iluminado por el sol y en el ambiente reinaba una cálida brisa que traía el aroma salobre del mar. Recordó el azul turquesa del domo perfecto coronando la torre principal. Frente a ella, en simetría impecable, trazando un triángulo imaginario, se levantaban las otras dos torres cilíndricas, todas ellas con su techo móvil, protegiendo a esa hora del día los delicados y precisos instrumentos de observación de Tycho.

Brahe acompañado de su inseparable enano Jepp y Longomontanus su hijo mayor, seguidos de Kima y Juanjo Vivot quienes los seguían tratando de igualar el paso acelerado del astrónomo. Las cinco figuras atravesaron a paso veloz el espacio de la galería de los relojes, de los cuadrantes solares, los globos y las figuras alegóricas, hasta llegar a sótano donde se encontraba la magnífica imprenta bajo las instalaciones del Stjerneborg abastecida con su propio molino de papel.

Kima le entregó con cierto nerviosismo a Tycho los cincuenta y seis moldes de madera tallados en relieve y las pruebas de los impresos en las cuales predominaban los astros del universo, entrelazados con figuras geométricas, personajes y símbolos extraños, que sin lugar a dudas hacían referencia a ciertas imágenes de la alquimia.

Tycho Brahe mandó imprimir en sus propios talleres los naipes que le enviara Antonello Guinelli a través de su hija Kima. El astrónomo personalmente supervisó las pruebas, determinó la cantidad de pigmento que deberían contener los colores que ahí mismo se prepararon y él mismo ordenó los finos decorados que darían el acabado final con delgadas capas de oro. Kima ni su padre jamás vieron tan hermosa obra terminada.

Juanjo Vivot terminaba de vestirse para la cena de gala de esa noche, ignoraba el paradero de Guillermo Doménech y cuando su amigo no se presentó en la mañana en el lugar acordado por ambos, empezó a sospechar que algo andaba mal. La ceremonia brillaba en su esplendor, derroche de ostentación, magnificencia y grandiosidad rodeaban el salón principal del Uraniborg. Comida y bebida en exceso. La música y el resplandor de las lámparas a tono con la suntuosidad de los invitados, estaba acorde con el donaire de Tycho Brahe que ese día traía impecablemente pulida su nariz artificial de oro y plata.

Kima no alcanzó a presagiar nada extraño no obstante el nerviosismo de su marido. El erudito y estudioso de heráldica fue el gran ausente en la gran celebración que por partida doble supuestamente se celebraba en secreto en esa ocasión: Los naipes del Oráculo del Universo y la interpretación del codiciado manuscrito.

En la madrugada, se fueron retirando los invitados. Cesó el clamor de la música y el resplandor de las luces se fue debilitando, Juanjo y Kima se despidieron con un apasionado beso y se retiraron cada uno a sus habitaciones. Justo en la oscura escalinata que conducía al tercer piso, Vivot fue abordado por dos corpulentos hombres que lo llevaron amordazado a la mazmorra, junto a la celda contigua donde se encontraba prisionero su inseparable amigo.

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22 de diciembre de 2012

LA ISLA DANESA DE HVEN (capítulo 31)



PRAGA MÁGICA

Días previos de su partida a Dinamarca, Kima seguida de Fennia y de Mengué, paseaba por el estrecho y concurrido Callejón del Oro, admirando las casitas de colores alegres y vibrantes, donde se asentaban ciertos personajes estrafalarios que nutrían a la Praga mágica y esotérica de la época, e igualmente a un número importante de guardianes del castillo, quienes además se desempeñaban como artistas, artesanos y orfebres para completar sus escasos ingresos.

Subiendo la escalinata de esta pintoresca calle se vio parada frente a la puerta del taller de un maestro carpintero. En ese instante le surgió la idea de adquirir un estuche para guardar las perlas que heredara de su madre, y ésta, a su vez de su abuela Melissa, quién las recibiera de manos del propio Magíster Prinio Corella en su lecho de muerte. Sin gran problema trazó un diseño poco convencional y solicitó al dueño del negocio, que el embalaje fuera realizado en madera muy fina de ébano negro. El interior de la caja tendría dos largos compartimentos idénticos y opuestos, delimitados cada uno por un separador movible que se podía ajustar a conveniencia. En el mismo lugar adquirió algunos trozos de cedro singularmente aromático y muy cerca de ahí, un paño de terciopelo muy oscuro.

Partieron una mañana al despuntar el alba, el viaje comenzaba a ser agotador y una incierta pesadumbre se reflejaba en el rostro de los tres viajeros, que en silencio compartían el lujoso interior del pequeño carruaje. Kima recostada en el sillón ubicado a espaldas del cochero parecía dormitar, mientras veía de reojo a su esposo y a Doménech ausentes con la vista fija en el paisaje, que amanecía un tanto fresco y húmedo tras la ventanilla.

Los contratiempos del ruinoso camino y la lluvia anticipada del mes de junio a ratos persistente, llenaban de melancolía el lento y áspero ritmo de las ruedas, que junto con el trotar acompasado de los caballos sobre el sendero cenagoso, creaba una extraña sensación de abandono y somnolencia.

Llegaron a la pequeña ciudad de Leipzig, donde crecen los árboles de tilo y el tiempo perentorio se suspende en sus ramas de tupido follaje. Kima y Juanjo Vivot recién arribaron, vieron partir ese mismo día desde el pórtico de la estación de viajes Ausflug, a su amigo el cartógrafo en una concurrida diligencia, donde un grupo de comerciantes criptojudíos, provenientes de la península ibérica, inmigraban a la creciente y próspera ciudad de Hamburgo.

Guillermo Doménech conforme lo previsto por Vivot, su esposa y él mismo, se adelantaría en el viaje al Castillo de Urania encubierto con la fingida personalidad de un erudito en criptografía y artes ocultas. El plan apenas bosquejado durante las horas de tedio iniciaba a partir de ese instante, y sin medir lo peligroso de la empresa, los tres se abocaron cada uno a su preciso cometido.

El matrimonio se hospedó en la habitación principal del segundo piso de una tranquila hostería, en las inmediaciones de una villa alejada de la populosa zona de comercio. Juanjo Vivot mientras tanto, se recreaba paseando por los alrededores después de tramitar ciertos asuntos legales en la oficina de la aduana, al tiempo que Mengué hacía las diligencias para cambiar los caballos y supervisar algunos arreglos apremiantes, que requerían ambos vehículos del transporte.

PRECEPTO CARDINAL

Kima ensimismada en el estuche de madera, ajena a los primeros rayos del sol que penetraban cálidos por la ventana después de varios días grises y melancólicos, se daba a la tarea de forrar el interior del empaque con fino terciopelo. Una modesta réplica de la prodigiosa revelación que experimentara en su habitación de Pollença, comenzaba a tomar forma cuando trazó en el borde postrimero de la parte interna de ambos compartimientos, los cinco sectores que representaban por su color el correcto ordenamiento de las cuarenta y cinco perlas. Las primeras nueve divisiones las pintó de negro. A continuación dispuso el color azul índigo, seguido del rojo tornasolado, e inmediatamente iluminó el tramo del verde cerúleo y al final la sección de los nueve segmentos blancos.

Al terminar dicha labor procedió con suma displicencia colocando una a una, en el orden riguroso todas las gemas en un compartimiento que denominó “Precepto Cardinal”. Dejó los compartimientos opuestos abiertos, cerró el estuche y lo agitó con cierta sutileza inclinándolo hacia el sector que denominó “Precepto Incidente”. Esta acción la repitió cientos de veces registrando en su memoria los desenlaces de cada evento. No tardó en comprender que un mecanismo aparentemente azaroso, actuaba con determinado rigor en el nuevo acomodo de las perlas como si contaran una historia.

Pamela releyó varias veces el último párrafo, no recordaba haber visto las marcas de color en ninguno de los dos compartimentos del estuche que ella atesoraba, de tal modo se levantó de su asiento, se dirigió hacia la cómoda ubicada en su estudio, tomó la llave, abrió una gaveta y sacó el empaque de Sincronía. Apartó con sumo cuidado la tapa y los billetes impresos dejando vacío el espacio contenido entre ambas secciones destinadas a las perlas. Retiró los separadores que las contenían y por último extrajo cada una de las redondeadas gemas. Fijó su vista en el tope de cada compartimiento y efectivamente pudo distinguir las tenues coloraciones que sobre el terciopelo a lo largo de varios siglos aún perduraban. Más aún, logró distinguir con la ayuda de una lupa dos débiles marcas, casi imperceptibles, eran dos pequeñas letras dibujadas respectivamente en cada una de las secciones: PC y PI que indicaban sin lugar a dudas el inicio y el final de la trayectoria que las concreciones realizaban en el interior del embalaje.

kima sujetaba entre sus manos el estuche de madera revolviendo las perlas tras el suave vaivén, que inducía con rítmico y acompasado movimiento del oscuro y portentoso cofre. Con los ojos cerrados y el cadencioso chocar de las gemas que a ratos, vertiginosas acentuaban su caótico sonido, advirtió a su alrededor, como se iban generando sorpresivas y nítidas imágenes claramente perceptibles, impactadas en el interior de la pequeña habitación.

La joven mujer, consternada e incrédula, percibió el correr atropellado de la gente. Hombres y mujeres por igual entre gritos desordenados, dando tumbos junto a los puestos de hortalizas y frutas, mientras rodaban por el suelo las canastas de mercadería entre las patas de los corceles, que presurosos se aproximaban a la céntrica hostería Eliska.

De un caballo marrón desmontó con un certero brinco Ondrej Kucera desenfundado su pistola y expedito tras de él, tres robustos hombres le siguieron hasta la puerta del establecimiento. Minutos después se escuchó un disparo. Un destello luminoso borró las imágenes en el instante que Juanjo Vivot entraba a la habitación donde Kima permanecía aún perpleja.

LA ISLA DANESA DE HVEN

La isla danesa de Hven a lo lejos parecía un enorme promontorio de tierra poblado con escasa vegetación. Tan sólo una mancha verdosa resaltaba de las azules y nítidas aguas del apacible mar. El mediodía era cálido pero una imponente nubosidad que se movía con la fuerza del viento hacía suponer que en breve la lluvia caería antes de que ellos pudieran pisar la escollera del puerto.

Kima aspiró ávidamente cuando sus pulmones se llenaron del aire marino, que en su natal Pollença, le fuera el hálito cotidiano de sus nostálgicos días en Mallorca. Evocó a sus padres y a sus medios hermanos en las actividades cotidianas de la hacienda donde había pasado los mejores años de su existencia. Que ajena estaba de los trágicos incidentes que habían alterado por completo la tranquilidad y el bienestar de su familia. Supuso que pronto la aventura meses atrás iniciada, estaría próxima al final y que pronto todo volvería a la normalidad de su vida cotidiana al lado de su esposo, encontrando de nuevo la paz de una existencia sosegada.

Algunos ilustres astrónomos junto a un ruidoso grupo de jóvenes estudiantes más ciertos personajes un tanto sombríos, esperaban al igual que ellos pisar tierra. En la cercanía de la isla iban apareciendo en el paisaje una multitud de casitas alineadas y en la playa se podía observar el trajín cotidiano de los pescadores con sus redes tendidas al sol y sus barcas y bateas llenas de peces.

EL CENTRO ASTRONÓMICO

Al desembarcar, desaparecieron las nubes y el sol se instaló a plomo sobre sus cabezas. Varios carruajes esperaban a los visitantes que tan pronto estuvieron acomodados en los vehículos, partieron presurosos hacia el enigmático y famoso centro de investigación Uraniborg, también conocido como castillo de Urania en honor a la musa de la astronomía. El camino un tanto monótono se repetía entre pequeños sembradíos y granjas dispersas donde correteaban los chiquillos junto a los animales domésticos y los perros guardianes que protegían las modestas aldeas.

Una hilera de árboles a ambos costados del camino anunciaba la proximidad del Centro Astronómico. Pronto apareció ante su vista la cúpula principal del observatorio coronada por un imponente satélite metálico que espejeaba con los rayos del sol. Pequeñas cúpulas y torres ungidas de techos puntiagudos pintados de azul intenso, resaltaban contrastando con el bermejo color de los ladrillos de la fachada. La construcción soberbia y elegante, con marcada simetría bilateral representaba en toda su magnitud la piedra angular de su creador, el ilustre astrónomo Tycho Brahe. Toda la edificación rodeada de jardines estaba sitiada por una enorme pared de más de 5 metros de altura.

El acceso al observatorio era por una estrecha entrada situada en uno de los vértices de la singular barda de forma cuadrada, que en cada uno de sus cuatro lados albergaba una saliente con forma de media luna donde se destacaba un hermoso quiosco, rodeado de enredaderas y flores que invitaba a la paz y a la profunda reflexión sobre los astros del firmamento.

Los carruajes pasaron inspección en la puerta de acceso y se aparcaron en las inmediaciones de una caballeriza, donde algunos mayordomos del centro de investigación astronómica esperaban a los visitantes, los cuales eran conducidos a diferentes pisos del castillo según su jerarquía e importancia, relativa a las actividades que habrían de desempeñar durante su estancia en el observatorio. Por esas fechas el Uraniborg estaba saturado de investigadores y estudiosos de la bóveda celeste, motivo por el cual Juanjo Vivot y Kima fueron asignados a diferentes dormitorios. Al esposo de Kima le tocó compartir una habitación del tercer piso junto con cuatro estudiantes de la Universidad de Europa Central provenientes de Praga.

Kima fue asignada a una agradable alcoba del piso principal donde se alojaba de fijo nada menos que la hermana Sophia de Tycho Brahe, quién se destacaría como alquimista y consumada astróloga en los últimos años de su vida. La habitación era amplia y bien iluminada a pesar de que no tenía ventanas que daban al exterior. Un jardín interior poco inusual dotaba de mucha luz el aposento, que además contaba con un gran salón lleno de libros y documentos rigurosamente ordenados en varias estanterías. Kima hojeaba distraídamente un libro con dibujos hechos a mano sobre plantas exóticas de hortalizas, cuando la sorprendió la silenciosa y serena presencia de Sophia. Ambas mujeres se vieron en silencio y presintieron desde ese momento que habrían de compartir una gran amistad, que se fortalecería con el tiempo hasta el final de sus vidas.

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17 de diciembre de 2012

LA PASIÓN DE RODOLFO II (capítulo 30)



DIOS NO JUEGA A LOS DADOS

Caminaba por las atestadas calles del barrio Chino de Nueva York en el bajo Manhattan donde había tomado un refrigerio. De reojo atisbó su reloj, eran las 3:46, tenía menos de 15 minutos para encontrar el edificio ubicado en la esquina de Canal Street y Center Street. Apresuró el paso entre la multitud pasando de largo por los puestos que sobresalían un tanto del acceso de los comercios entorpeciendo el paso de los transeúntes. A lo lejos vio la entrada del pasaje Plaza, justo al lado de un restaurante que exhibía en la vidriera un hermoso conjunto de patos laqueados, que colgaban de ganchos sujetos a un grueso tubo.

El acceso camuflajeado al interior del “punto de encuentro” era por un lago pasillo con diversos comercios de aromáticos sahumerios. Presuroso, se encaminó hacia el interior de un puesto de muñecas vestidas con vistosos y coloridos trajes típicos de China, donde una mujer bastante pequeña, le indicó el acceso al salón virtual por el mostrador de la tienda, hasta llegar a una pequeña habitación donde había una cortina de tela estampada que ocultaba una puerta.

En el interior del recinto vio la silueta de espaldas de varios hombres observando una pantalla panorámica que trasmitía la imagen de una mujer. Era Pamela quién presentaba el tema de la ponencia en el improvisado salón virtual, haciendo hincapié en una controvertida y polémica frase que daba título a la conferencia. De súbito el recién llegado interpeló con inflexible tono de voz. -Dios no juega a los dados. Einstein. De inmediato, Ferdinan, Dafra y el oriental voltearon al unísono clavando sus miradas en el advenedizo personaje. El señor Perilló se levantó del asiento y le dijo sonriente estrechándole la mano. -Llegas tarde Antonio.

Del otro lado de la pantalla, Yara aprovechó la sorpresiva intervención. La joven se aproximó a Pamela portando dos tasas de café. La chica se sentó junto a la señora Perilló quién acomodó sobre la mesa unos bolígrafos y un par de folders con hojas sueltas. La vista tras de ellas, en el ventanal de la casa de la playa dejaba ver el intenso azul turquesa del mar.

Tras una informal presentación de los recién llegados y sin más demoras Pamela expuso a grandes rasgos el programa seleccionado por los especialistas para la conferencia virtual, que registraba una audiencia activa hasta ese momento de más de un centenar de usuarios registrados. Ya entrada en el tema y sin muchos preámbulos continuó: -Respecto a su famosa frase “Dios no juega a los dados” la visión de Einstein en su momento, estaba sujeta a las teorías de variable oculta, lo que podía parecer la forma más obvia de incorporar el Principio de Incertidumbre en la física. De tal modo estas teorías forman la base mental del universo sostenida por muchos científicos y prácticamente por todos los filósofos de la ciencia. No obstante Stephen Hawking al igual que otros investigadores, actualmente sostienen que las teorías de variable oculta están equivocadas.

A partir de la última aseveración de la presentadora, comenzaron a llegar a la sección de discusiones un buen número de comentarios y pensamientos críticos, que el moderador de la conferencia organizaba en los textos de fondo del panel general, mientras la conferencia continuaba en pleno desarrollo.
-Con una nueva teoría, -continuó Pamela- la mecánica cuántica propuesta por Heisenberg, el austriaco Erwin Schroedinger y el físico británico Paul Dirac las partículas no tienen posiciones ni velocidades bien definidas. En su lugar son representadas por lo que se llama una función de onda.

El contexto de la ponencia abarcaba con gran detalle las nuevas teorías al respecto, sin omitir también el tema de los agujeros negros y si se pierde o no la información de los desafortunados objetos que son arrastrados hacia el interior de ellos. El tiempo transcurría y los cuatro minutos otorgados a la presentación del tema de la conferencia virtual llegaban a su fin. -Concluyó en tono fehaciente y a la vez mesurado la señora Perilló- Dios juega a los dados con el universo, y toda evidencia lo señala como un jugador empedernido. A continuación se presentó un video cuyo título entre signos de interrogación planteaba la pregunta: ¿Un orden implicado?, para dar lugar inmediatamente a la participación de varios especialistas en los temas ya enumerados.

Gracias a la tecnología de Internet la conferencia virtual había tenido una amplia cobertura geográfica y una importante participación de sugerencias y comentarios que inmediatamente se fueron registrando uno a uno en el blog titulado “Ciencia y Tecnología del Futuro”.

Antonio recién había concluido un doctorado sobre “Aceleradores de partículas y campos electromagnéticos”. Un importante laboratorio de investigación sería destinado a esta disciplina en lo que fuera antaño el espacio que ocupara el invernadero de la casa de las gárgolas. Su permanencia en Nueva York le tomó tan sólo unos días. Tiempo suficiente en el que él, seleccionaría parte del equipo y material indispensable para la práctica de esta tecnología, contando con un fuerte apoyo de otros laboratorios e institutos de investigación interdisciplinarios externos, especializados en éstos y otros importantes avances relativos a la bioinformática, nanotecnología y desarrollo de micromáquinas. El oriental finiquitaba las transacciones comerciales, así como el intercambio de recursos técnicos, y muchas veces del personal especializado que en un futuro, participaría en este ambicioso proyecto.

Al terminar la conferencia virtual Pamela apagó la computadora y permaneció largo rato con la cabeza reclinada en el respaldo de su sillón. No sabía quién era el personaje que la había interpelado al inicio de la conferencia, pero indudablemente le había causado un inusitado sentimiento que no lograba identificar. Mientras Yara imprimía algunos archivos, la señora Perilló se dio cuenta que la impresora realizaba un golpeteo rítmico y monótono, y en su breve ensoñación le pareció que el sonido se asemejaba al crepitar de las llamas, cuando se enciende la leña bajo las brazas de una chimenea. Esta imagen le trajo a la memoria la escena de Kima frente a las hojas sueltas del manuscrito, que veían fijamente Juanjo Vivot y su anciano abuelo.

DESCABELLADO PLAN

El prolongado viaje a Praga, a veces extenuante y no ajeno a ciertas vicisitudes políticas, sociales y económicas, que imperaban en la Europa de finales del siglo XVI, no logró bajo ninguna circunstancia quebrantar en lo absoluto, la inflexible determinación a priori de Juanjo Vivot y Kima Guinelli. Ambos compartían en secreto la búsqueda apremiante del manuscrito del Ditriae-Corporum y las mujercitas desnudas. ¡Qué ajeno estaba el políglota erudito y estudioso de heráldica del verdadero origen de dicho documento! No obstante, en principio, el mallorquín tenía el compromiso irrevocable de rescatar la obra y entregarla a su suegro, tal cual se lo había solicitado meses antes de que la pareja partiera de Palma de Mallorca en dirección a Bohemia.

Pero ciertamente no sólo el impresor y el banquero Ancarola, por conducto del abad Nebredius de Batllori le habían manifestado su vehemente deseo de recuperar el manuscrito. De tal modo, todos los interesados, cada uno con motivos de suyo entrañables y recónditos, ignoraban que Juanjo Vivot y su íntimo amigo el cartógrafo Guillermo Doménech tenían para sí, un jugoso y descabellado plan.

Las pesquisas consumadas hasta ese momento por los ambiciosos mallorquines indicaban que tanto Kelley como Arthur de Yehak, habían realizado copias de algunos folios del manuscrito, con la intención de encontrar a un especialista que lograra descifrar su contenido. Mientras tanto, el falsificador de documentos Edward Talbot (Kelley) temiendo correr la misma suerte del astrónomo Wenceslao Stroff tocante a su “muerte accidental”, que de hecho había sido atizada en su oportunidad por propia mano de Yehak, cuando ambos personajes se enteraron de las negociaciones que a sus espaldas pretendía efectuar el astrónomo con el banquero Ancarola.

Kelley, dada las circunstancias, se cura en salud y acude a su amigo personal el alquimista, astrólogo y célebre brujo Dr. Lee, quién después de haber consultado a los ángeles a través de la esfera de cristal del propio Kelley, le aconseja guardar prudencia, ya que otras manos le ahorrarán la difícil tarea de eliminar la molesta carga, que les representaba a ellos dos, las insidiosas intromisiones de Yehak.

Kima ajena a toda esta maraña de bellacas intrigas, plenas de vilipendio astucia e infamia, se nutría cándidamente de los triviales y equívocos informes que su esposo ingeniaba, con la intención de mantenerla distante de cualquier contacto con la realidad. Pero no por mucho tiempo, ya que cierto día, la esposa de Vivot acompañada de Fennia, paseaba por la plaza de la Ciudad Vieja en las inmediaciones de un concurrido mercado, y justo frente al Ayuntamiento, le pareció ver a Guillermo Doménech entre la multitud que se aglomeraba alrededor de un grupo de músicos andarines, que tocaban bajo las arcadas del edificio. Imposible confundirlo, con su talante excepcional, alto, buen mozo, delicado, arrogante y altivo poseedor de una ensortijada cabellera rojiza, que siempre llevaba ondeando al viento.

Las mujeres en su afán de seguir sus pasos, no se dieron cuenta que Mengué se arrastraba sigiloso tras de ellas. Sin decir agua va, un sujeto desconocido se aproximó al cartógrafo, quién de inmediato le entregó al extraño un pequeño envoltorio, acto seguido, ambos personajes se alejaron de la multitud hacia el interior del recinto del Castillo de Praga, y al llegar frente a la Puerta Dorada de la Catedral de San Vito, de súbito se separaron. Guillermo Doménech apresuró sus pasos en dirección al Puente de Carlos, donde un cochero ya lo esperaba. Kima y Fennia vieron desalentadas como el carruaje atravesó el río perdiéndose a lo lejos entre el bullicioso gentío, que a pie y con toda suerte de carromatos atravesaba sobre el emblemático pasaje, las aguas caudalosas del Moldava.

Pamela al releer los últimos párrafos, de suyo bastante sorprendida, siente que debe reconsiderar la primera impresión que ha vertido con gran entusiasmo sobre Juanjo Vivot y su entrañable amigo el cartógrafo. No obstante, prefiere guardar prudencia antes de emitir un juicio inexacto. Mientras tanto, continúa enfrascada con la lectura de su libro Sincronía, cuya fiel reproducción de la obra original, va cobrando forma bajo el diseño y el formato de un trabajo concienzudo desarrollado con la más innovadora tecnología del diseño y las artes gráficas.

Ese mismo día, Arthur de Yehak sufre un grotesco e infortunado incidente al atorársele en la garganta una hoja de laurel, mientras degustaba un suculento caldo de pescado. Solícitos los parroquianos tratan de auxiliarlo, pero a pesar de las desesperadas maniobras por sacarle el cuerpo extraño, el insidioso objeto se clava mortalmente en su tráquea, creándole una insalvable y violenta asfixia. Muere el famoso alquimista de la corte de Rodolfo II, mientras Kelley negocia con el Emperador la venta del codiciado manuscrito en la mismísima Kunstkammer, impresionante espacio que atesora la soberbia biblioteca del Castillo de Praga.

Conocido era de sobra, la pasión de Rodolfo II por los libros, el arte, la alquimia y las ciencias ocultas. En esta célebre librería el emperador atesora numerosos manuscritos y documentos sobre astronomía, astrología, magia negra, alquimia y ocultismo. No podía faltar en su basta colección una sorprendente obra que nadie podía leer, y que contenía según Kelley una antigua y poderosa magia, tan portentosa y sobrenatural que en cada una de sus páginas se entreveía la fuerza contumaz de la sapiencia.

Para desgracia de Edward Talbot (Kelley), no puede documentar ante Rodolfo II, la autoría del documento que erróneamente él y sus secuaces creyeron a pie juntillas, era la Magna Obra del Magister Prinio Corella. Dadas las circunstancias, el enigmático manuscrito Gadeano es atribuido al inglés Roger Bacon, aunque la mayoría de los sabios imperiales de la corte rodolfina ponen en tela de juicio tal suposición.

LA FUENTE DE LA ETERNA JUVENTUD

No obstante el Emperador adquiere el extraño manuscrito por la nada despreciable suma de 600 ducados. Deseoso Rodolfo II de comprender el hermético contenido del documento y con el inminente anhelo por iniciar una nueva investigación, se encierra en su taller de alquimia ubicado en una obscura torre del castillo de Hradschin, donde nunca pierde las esperanzas de encontrar la fuente de la eterna juventud.

Desesperado, y sin que ninguno de los eruditos de la corte praguense haya podido descifrar la ininteligible obra. El Archiduque de Austria, Rey de Hungría y de Bohemia y Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, sumamente débil, enfermizo y excéntrico recae en una insalvable crisis de ansiedad, aislamiento y furia que se repetirá con tal frecuencia, acabando de afectar su carácter ya de suyo bastante irritable y violento.

Mientras tanto, Mengué, el fiel sirviente del erudito mallorquín, informa a su amo, que la señora Guinelli ha descubierto la presencia del cartógrafo en la ciudad de Praga. Kima exige una explicación y sin más rodeos su esposo le asegura que Guillermo Doménech, se ha hecho pasar por un experto consumado en el arte de la criptografía, y en el desarrollo de códigos y claves secretas, para entrevistarse con el Emperador Rodolfo II quién tiene en su poder el codiciado manuscrito.

Supuestamente, el encuentro entre ambos personajes se había realizado en un bosquecillo del castillo junto a las jaulas de los tigres, y rodeados de una docena de grotescos enanos acondroplásicos y liliputienses. En tan desconcertante escenario, Doménech se compromete a la brevedad posible descifrar la misteriosa obra, que ante la desgastada salud física y mental del monarca ya había relegado la interpretación del documento a un prestigioso alquimista y matemático asentado en las entrañas del Castillo de Urania ubicado en la isla danesa de Hven.

LEER EL CAPÍTULO 31

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14 de diciembre de 2012

UN ASUNTO IMPORTANTE (capítulo 29)



EL PUERTO FRANCÉS DE NARBONNE

Pamela traducía con avidez el texto que leía, sintió una gran ansiedad de ver nuevamente las perlas guardadas en su estuche, estuvo a punto de hacerlo pero algo la sujetaba con fuerza a la silla frente a la computadora, logró levantarse en el momento en que Yara le solicitó el visto bueno de ciertos diseños, permaneció breves segundos con su colegiala hasta que se desvaneció la sensación de zozobra que hacía unos instantes se había apoderado de ella. Se sentó de nuevo frente a la máquina para continuar con el trabajo simultáneo de lectura y traducción.

El mallorquín Juanjo Vivot y Kima Guinelli contrajeron matrimonio justo un año después de fallecida Marietta Ghisi. La semana siguiente partieron los desposados a un largo viaje plagado de aventuras y vicisitudes que les tomaría un poco más de dos años, en recorrer la geografía planeada por ambos con gran detalle. La nueva y numerosa familia de Gadea y Antonello que los despedían tan aprensivos como jubilosos en el puerto de Pollença, nunca imaginó que jamás volverían a encontrarse con los jóvenes esposos en las tertulias cotidianas, en la sala de costura o en la cocina. Ni siquiera en el plácido huerto, ni en las habitaciones, ni Kima volvería a ver nuevamente su propia alcoba, ni estaría en lo absoluto en ningún otro lugar de la magnífica hacienda de los Ancarola. Kima veía con ternura a sus padres desde la cubierta de una galera de remos y velas construida en algún lugar de Portugal, que con brisa ligera, en tres días arribaría al puerto francés de Narbonne.

Vivot, viajero experimentado, disfrutaba del viento de primavera que anunciaba la incursión en mares y pueblos lejanos, para alimentar el espíritu y la imaginación. La travesía transcurrió sin incidentes y al arribar a los primeros islotes de aguas francesas, la nave fondeó a cierta distancia del puerto para que los pasajeros se trasladaran a tierra firme en barcas de poco calado. Ahí se reunieron por primera vez con Mengué, el dócil criado del preclaro erudito y Fennia la sirvienta de Kima. Los lacayos llenaron de aire sus pulmones y de luz sus fatigados ojos y su cuerpo, que bajo la cubierta tuvieron que soportar, aunado a la humedad inclemente y los fétidos olores que despedían los trajes infestados de parásitos y suciedades, de los paupérrimos pasajeros que viajaban buscando mejor fortuna, venidos desde Marruecos, Portugal y España.

Después de haber esquivado los piojos y la hacinación de los cuerpos inmundos, el paisaje a cielo raso de Narbonne frente al mar, llenaba a los criados de libertad como una grácil paloma con las alas truncas y doloridas. Pronto quedaron atrás la multitud de barqueros, pescadores, gondoleros y comerciantes inmersos en el trajín de las actividades náuticas y mercantiles del puerto, ocupados en la carga y descarga de mercancías transportadas en bestias de carga a los almacenes, a las lonjas o renterías estratégicamente ubicadas en la zona portuaria.

No muy lejos, frente a la plaza del Ayuntamiento el carruaje enviado por la viuda del vizconde de Capdeutrei esperaba a los recién desposados. El cochero los vio aproximarse y raudo ofreció todo tipo de cortesías y reverencias a los invitados de tan distinguida dama. Juanjo Vivot y su esposa subieron al coche mientras Mengué y Fennia, junto a los dos lacayos del servicio que había mandado la señora, acomodaban los baúles del equipaje en una amplia diligencia tirada por cuatro caballos, que muy cómodamente podía albergar hasta ocho personas. Ahí viajaron los cuatro criados junto a otras dos mujeres, jóvenes mozas que recién habían hecho la mercadería en los puestos de la plaza y en el muelle de pescadores.

El olor a jamón ahumado sobresalía de los comestibles que rebosaban de las cestas para desgracia de Fennia, que no podía evitar la sensación de regusto y apetito que le provocaba dicha circunstancia, acrecentando el vacío que sentía en la boca del estómago después de mal comer algunas vituallas a bordo de la galera, durante los tres largos días del viaje por las aguas del mediterráneo. Mengué veía lánguidamente la campiña a través de las ventanas del coche, tratando de ignorar los ruidos grotescos que acompañaban el movimiento inoportuno de sus intestinos.

Kima y Juanjo ajenos a las penurias de otros descorchaban una botella de vino que junto al pan blanco, el paté, los pastelillos de carne, la fruta y el queso acompañaban las viandas campestres dispuestas en una primorosa cesta. En otra no menos preciosa, había algunas servilletas bordadas de encaje, un pequeño mantel y unas toallas empapadas en agua de rosas para refrescar las manos y el rostro de los comensales. A lo lejos, el soberbio paisaje perfilaba las primorosas cordilleras y los picos nevados de los Pirineos, que muy pronto perdían interés al vislumbrarse en la cumbre de una colina la ciudad amurallada de Carcassonne.

Los carruajes bajo el sol de las primeras horas de la tarde, bordeaban al trote acompasado de los caballos las fértiles orillas del río Aude. No muy lejos, un puente revelaba la presencia de un foso impresionante. En la cercanía, los cascos de los jamelgos golpearon despacio, aminorando la marcha sobre el viaducto que anunciaba propiamente la entrada a la Cité. El trayecto pronto se convirtió en una visión fantástica, dejando a los viajeros plenos de exultación y jubilosas exclamaciones. No tardaron en ingresar a la fortaleza por el puente levadizo, y en su interior quedaron maravillados frente a la monumental muralla, doblemente concéntrica engalanada con sus cincuenta y dos espléndidas torres.

Los carruajes se internaron por calles angostas y sinuosas llenas de magia y encanto, hasta llegar al castillo de Capdeutrei donde los esposos Vivot fueron alojados en una cómoda y amplia habitación, cuya vista dominaba desde lo alto en su magnificencia el esplendor del valle de Audé.

Kima veía desde el balcón de la sala del Heraldo la noche estrellada, mientras Juanjo inquiría para sí los símbolos del singular blasón de la casa de Don Diego de Capdeutrei vizconde de Carcassonne. El escudo suspendido de un muro resultaba impresionante, con su campo de oro adornado con tres flores de azur bien ordenadas y bordura jaquelada, en dos órdenes de oro y azur. El diseño hacía suponer por la bordura jaquelada un escudo de armas con linaje por ambas partes, tanto para los Capdeutrei como para los Poitiere en línea directa de Doña Elba Graciana.

ERES HERMOSA COMO TU MADRE

Los esposos aguardaban con cierto nerviosismo el inaplazable arribo de la vizcondesa, quién no tardo en irrumpir al salón tomada del brazo del ilustre banquero Georg Ancarola. Kima sintió un súbito temblor a lo largo de su espalda y su cuello, cuando se percató que los ojos del anciano la veían con excesiva determinación y curiosidad. Efectivamente se sintió observada sin pudor. El anciano de 90 años se aproximaba con paso lento y sin perder gallardía, y a tan solo unos pasos de su nieta le dijo con voz pausada -eres hermosa como tu madre. ¿Acaso también eres huraña… sagaz… graciosa… lista… demasiado lista… ingeniosa o dotada en algo inusual?

Kima bajó los ojos e hizo una pequeña reverencia y sin levantar la vista contestó –no lo creo señor, solo soy una joven que se siente muy honrada de conocerle y tenerle por su nieta. Georg tocó suavemente con su mano derecha enguantada el mentón de Kima, con delicadeza levantó el rostro de la hija de Gadea hasta que los ojos de ambos quedaron alineados frente a frente.
-Tu madre desde niña siempre fue excepcional. Llegué a sentir orgullo y no puedo negarlo, a veces también temor. No es fácil asimilar a los seres excepcionales. Y con solo verte estoy seguro que tú tienes lo mejor de ella y por supuesto lo mejor de tu padre, hombre inigualable que buena fama se ha ganado como artista virtuoso en las tierras lejanas de muchos reinos.

-De usted también tengo magníficas referencias mi estimado señor Vivot. Dijo el anciano que volteó a ver con rostro apacible al esposo de Kima. -Y no quiero desaprovechar la oportunidad de verle –agregó- porque deseo encomendarle una importante diligencia que a buen recaudo le informaré después de la cena. -Me honra usted con su confianza que no habré de defraudar –declaró Juanjo con franca modestia.

En ese momento un mayordomo le anunció a la vizcondesa que el servicio ya estaba listo, y sin más preámbulos los invitados se dirigieron al magnífico comedor. Kima y Juanjo quedaron muy impresionados al entrar al gran salón donde todo brillaba titilando con la magia de los candelabros de plata, los cubiertos de oro, las copas de cristal y las joyas de Doña Elba Graciana que centelleaban con cada movimiento estudiado de su altivo cuello. Incluso la misma Kima sobresalía engalanada con un par de pendientes y una gargantilla de esmeraldas y diamantes que su abuelo recién le acababa de obsequiar. La joven esposa se sentía atrapada en un sueño donde todo ocurría en cámara lenta y en el cual se veía aparecer y desaparecer, a través de la tapicería de seda bellamente recamada.

Pero no era un sueño, era algo que nunca había imaginado mientras tallaba con el buril la dura madera de boj, para posteriormente imprimir sobre pergamino sus magníficos diseños de xilografía. Y ahí estaba ella degustando el sabor exquisito de las Alcachofas a la Provenzal, al tiempo que escuchaba a su marido en franca conversación con su abuelo como si le conociera de toda la vida. Ella sonreía con delicadeza mientras saboreaba el esponjoso Soufflé relleno de langosta a la crema, entre sorbitos de seis vinos diferentes a lo largo de todo el banquete que la fortalecían, para no desfallecer en la simulación de una burguesa y flamante dama de sociedad que en realidad no era.

Pero nadie podía negar la elegancia con que la joven mallorquín cortaba las pequeñas porciones de huevo a la Parmentier, y la sensualidad con la que saboreaba los trozos de Brandada de Bacalao. La vizcondesa la veía satisfecha por haber sido ella la feliz mediadora de tal reconciliación, pues sabía bien por los médicos de oficio, que la enfermedad que aquejaba a su gran amigo el banquero Georg Ancarola, no le auguraba muchos meses de vida. El momento de los postres cumplió con el mágico ritual gastronómico, Kima había tenido tiempo suficiente para asimilar toda clase de emociones, y sin que las bebidas espirituosas hicieran estragos en su cabeza empezó a sentirse estupendamente bien.

¿ME PUEDE DECIR EN QUÉ IDIOMA ESTÁ ESCRITO?

La sobremesa se llevó a cabo en una pequeña estancia plena de franca camaradería, motivo por el cual Georg Ancarola consideró que era el momento justo para plantearle a Juanjo Vivot un asunto importante. De un sobre con el sello lacrado ya roto, el anciano sacó unos pergaminos –me interesa mucho tu opinión. –le dijo- Estas copias me las han hecho por encargo de un raro manuscrito que tuve oportunidad de hojear detenidamente hace más de seis meses. Era mi deseo comprar el manuscrito original para la biblioteca del monasterio de Lagrasse. He quedado en deuda con el abad Nebredius de Batllori ya que el vendedor ha fallecido de muerte accidental y nadie hasta ahora me da razón de la obra.

El anciano le alargó el sobre que Vivot alcanzó con delicadeza. El Mallorquín observó en silencio, con excesiva calma cada uno de los 20 folios.
-¿Qué opina? Usted que habla y conoce muchas lenguas, ¿Me puede decir en que idioma está escrito? Vivot arqueó las cejas, desconcertado, tardó en contestar.
-¡Nunca había visto nada parecido!
-¿Está seguro? ¿Entonces no sabe lo que dice? –Preguntó en tono áspero el banquero quien se dio cuenta que había levantado la voz. Ambos voltearon a ver a Kima que en ese momento cubría a Doña Elba con una frazada. La vizcondesa se había quedado dormida en un diván. Una doncella le retiraba las calzas y le acomodaba sendos almohadones a ambos lados del cuerpo.

El joven y el anciano retomaron la conversación en un tono más reservado. No tardó en unírseles Kima que se aproximo a los dos hombres caminando con excesiva lentitud sobre las puntitas relucientes de sus zapatillas. La joven se sentó junto a su abuelo al que le obsequió una tierna sonrisa. Vivot le pasó el total de los folios y le preguntó –¿Qué opinas querida? ¿No te parece inusual el texto y los decorados de este manuscrito? Kima tomo con ávido interés las hojas que fue pasando con insospechada sorpresa y que al acto comenzaron a quemarle las manos como brazas encendidas de un humeante fogón.

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8 de diciembre de 2012

ABRUMADORA SOLEDAD (capítulo 28)


¡QUÉ DESCUBRIMIENTO!

Recién llegados a la hacienda y sin tiempo aún de limar algunas asperezas en privado, se precipitaron los acontecimientos cuando una mujer de la servidumbre le anunció a Guinelli la presencia del alquimista Arthur de Yehak quién solicitaba para él y sus acompañantes urgentemente su anuencia. Sin más remedio el señor de la casa los hizo pasar a su despacho. El primero en hablar fue el alquimista.
-Estimado Guinelli, lamentamos este penoso asedio, pero creemos que en nuestra previa conversación usted nos ha ocultado algo de vital importancia para la ciencia que nos ocupa.
-¿No entiendo? Creí que todo había quedado claro.

-Es probable que usted ignore algunas cosas respecto a la familia de su mujer –intervino en tono suspicaz Kelley- pero nosotros lo vamos a poner al corriente.
-Soy todo oídos pero les advierto que no toleraré insolencias –manifestó el impresor quién en ese momento hubiera preferido ser sordo de nacimiento.
-Descuide, me limitaré a los hechos. Su esposa Gadea es hija de Georg Ancarola y Catalina Berti.
-Cierto.
-Y su suegro fue el cuarto de los hijos de Ulrich Ancarola y Apel Ferrater.
-No me dice nada que yo no sepa.
-Pues tal vez ignore que Melissa Ferrater quién en vida fue hermana de Apel y por consiguiente tía de Georg Ancarola su suegro… conocido aristócrata, inversionista y banquero…

-¿No entiendo a donde quiere llegar con todo esto?
-Seré claro –dijo sin rodeos Kelley- veo que usted ignora que la tía abuela de su esposa, Melissa Ferrater no tan solo protegió al Magister Prinio Corella sino fue su discípula.
-¿Discípula?
-Tal cual –terció el astrónomo y matemático Wenceslao Stroff quien se veía demasiado irritado como para alzar la voz cuando agregó- Tenemos testimonios irrefutables al respecto. Incluso sabemos que se hacía llamar “Virgencita Negra”.
-¡Es suficiente…! No pienso tolerar más –Dijo Guinelli dando tremendo puñetazo en la mesa- salgan inmediatamente de mi casa.

En ese momento el alquimista Arthur de Yehak se levantó encolerizado, los cachetes mofletudos le temblaban y sin poder controlar sus movimientos se dio una vuelta en redondo encaminándose de forma accidental a la habitación contigua donde alcanzó a ver el bargueño que contenía los manuscritos de Gadea.
-¡Qué descubrimiento! –Gritó resoplando el gordo- aquí hay unos manuscritos. El astrónomo y Kelley se pararon como resortes y de un certero brinco estaban frente al mueble. Guinelli los siguió y no pudo menos que aterrarse cuando Yehak le ordenó que abriera el bargueño.
-He perdido la llave –aseguró Antonello con voz entrecortada. No se hizo esperar la furia del alquimista que levantó con inusitada fuerza el armario y en vilo lo arrojó contra la pared. Volaron astillas de madera y vidrios por todos lados. Los tres hombres como aves de rapiña escudriñaban entre los pedazos de tablas y cristales cada uno de los treinta y ocho manuscritos.

El pertinaz de Kelley alzó de entre los restos desperdigados la tapa que cubriera el doble fondo y bajo ella descubrió que reposaba indiferente el manuscrito del Ditriae-Corporum y las mujercitas desnudas.
-¡Lo tengo! –dijo dando tremendo alarido. Los tres usurpadores apenas si se dieron tiempo de examinar el manuscrito, tal vez el confirmar que no entendían absolutamente nada les era la prueba más contundente, que tenían en su poder el secreto mejor guardado de la alquimia. Salieron de la hacienda con tal celeridad que su recuerdo se volvió polvo, y no se les volvió a ver por ningún rincón de la isla de Mallorca.

Antonello Guinelli postrado en un sillón veía a Kima y a Gadea rescatar de entre los escombros, todos los años de paciente trabajo expuesto en la obra de copista de su esposa. Frente a los inadmisibles acontecimientos los tres sentían impotencia y culpabilidad, cada uno a su manera. El impresor por haber leído el manuscrito que Melissa aprisionara entre sus manos el día de su muerte, y no habérselo confesado a su esposa. Gadea por haberle ocultado a su marido la única obra que no copió, ni las circunstancias que la llevaron a escribirla y Kima por haber minimizado el escrito de su madre, y haber dejado para otra ocasión la oportunidad de discernir con mejor juicio dicho asunto.

Pero en el fondo los tres sintieron un gran alivio y de lo ocurrido ese día no se habló jamás. No obstante que los acontecimientos de aquella tarde marcarían un antes y un después insalvable. A las pocas semanas Antonello sufrió un desmayo, que indicaba el inicio de su precaria salud en los últimos años de su vida. Un par de meses después Marietta Ghisi, la joven madre de sus cinco hijos naturales, moriría en el parto quedando los críos al cuidado de Gadea, quién temiendo más calamidades le entregó a Kima el legado pos mortem de Melissa. La tercera mujer del incógnito linaje de la ermita pronto se adjudicó la empresa de continuar con la escritura de los hechos cronológicos de la familia, que tan puntual relataran su madre y su auténtica abuela.

LA HISTORIA PERTENECE AL PASADO

Pamela se cuestionaba lo suficiente la veracidad de los hechos que las historias en general narran. Descubrió que cada acontecimiento es referido por una particular percepción, y cada individuo imprime en los eventos, su interés personal de formar parte de ellos según su criterio. A fin de cuentas el médium no pudo percibir que Melissa, no era en realidad hermana de Apel ni pudo vaticinar que el manuscrito que substraían, no era la magna obra de Corella cuyo original había sido destruido cien años atrás, y del cual solo quedaba la obra cifrada de Melissa, que se encontraba oculta probablemente en algún lugar de las catacumbas.

La historia pertenece al pasado pero cada día, en el presente y en el futuro los hechos se reinventan forjando una memoria relativa, sujeta a los embates de la especulación de quien los vive y del qué, en cualquier momento los reconstruye. Ahora le tocaba el turno a Pamela de rescatar la obra, habiéndose propuesto no modificarla en lo más mínimo, ni aunque ella misma fuera parte y presencia del tiempo, en una fracción minúscula de los acontecimientos, así lo quería ver en el momento en que lo escribía, para que quedara testimonio arraigado en la posteridad de todos sus días por venir.

EL ORÁCULO DE LA HUMANIDAD Y DEL UNIVERSO

Kima, a falta de voluntad y buena disposición de su padre concluyó el enigmático diseño de los naipes simbólicos, que por encargo de Tycho Brahe habrían de representar el oráculo de la humanidad y el universo. Encerrada en su habitación, lejos del bullicio de sus medios hermanos, del corretear por la casa de los hijos de la nodriza, del llanto del recién nacido y la impaciencia de su madre, releía una y otra vez los escritos de Melissa y Gadea. En cualquier caso siempre terminaba con una sensación angustiosa, hecha un lío y con un montón de preguntas en la punta de la lengua, que le hubiera gustado hacer a su abuela, pero casualmente el día que ella abría los ojos al mundo la anciana los cerraba para siempre.

El cúmulo de interrogantes con frecuencia también la llevaban a la figura del Magíster Prinio Corella, no entendía porque el sabio alquimista le encomendó a Melissa tan grave responsabilidad y porqué le pidió ocultar y de quién sus investigaciones. Guardó el manuscrito junto a la pequeña alforja de piel de oveja, cerró el cajón de la cómoda y a los pocos segundos volvió a abrirlo, clavó la vista en los pliegues del saco de cuero de donde sacó las cuarenta y cinco perlas al tiempo que se percataba de un ruido ensordecedor en lo más profundo de su cerebro. El sonido crecía como una detonación que le provocaba punzantes golpeteos en la cabeza, que torpemente se cubría con sus manos apretadas tratando de aminorar los intensos embates como de objetos que colisionaban.

Por un momento creyó enloquecer, una fuerza inaudita le aprisionaba el cerebro cada vez que chocaban las esferas con el contrafuerte. De súbito se vio inmersa en el Corporum-esferae, de manera inexplicable se descubrió suspendida en el vacío, con una extraña sensación de inexistencia, de abrumadora soledad, de terrorífica ausencia del tiempo y el espacio eternizado en un mar homófono repleto de nada. Gateó despacio, cuidando de no desvanecerse con la intención de avanzar hacia ningún lado porque todo era exactamente lo mismo, no había ni el más imperceptible referente en ese lugar sin límites, solo a lo lejos, abajo o arriba de ella, o a los lados o en alguna dirección desconocida se estremecía el cristalino, casi etéreo artilugio de las esferas.

Sintió haberse movido durante mucho tiempo en alguna fracción de ese todo inalterable, levantó su mano derecha para avanzarla tan solo un palmo, y al colocarla sobre la superficie diáfana que hacía unos instantes era firme, ésta se disolvió proyectando con sorpresiva premura su cuerpo a la deriva, que inició una carrera abrupta de giros y tumbos, rebotando supuestamente en muros que ella no alcanzaba a ver. Instantes después atisbó una incandescencia que se aproximaba expedita hacia ella, y en la cual quedó atrapada en su ráfaga de luz que avanzó serpenteante, hasta caer en el interior de una esfera roja-cristalina que tan pronto la contuvo, ésta se cerró.

Al instante, se dio inicio a un caótico movimiento chocando con tal fuerza el abalorio, con las otras esferas que por un instante temió que estas fueran a romperse. Por unos segundos el movimiento se detuvo, lo suficiente para que Kima diera un respiro después del cual, las esferas retomaron con furia el camino hacia el contrafuerte. Sin poder asirse de nada mientras caminaba con las perlas entre las manos, cayó de bruces al tropezar con el fleco de un tapete. Los abalorios rodaron por el suelo en dirección de una pared donde quedaron las cuarenta y cinco gemas perfectamente bien alineadas.

Esperó desplomada en el piso sin moverse que los latidos de su corazón se apaciguaran, todo estaba en calma, afuera no se oía ningún ruido, solo se escuchaba el silencio absoluto con tal magnitud y densidad que hacía el aire irrespirable. Kima levantó la cabeza un poco, lo suficiente para advertir el arreglo de las perlas. Unos minutos le fueron suficientes para percatarse que solo una perla roja se encontraba posicionada en el lugar correcto del “contrafuerte”, lo vio de inmediato, de un solo vistazo, parpadeó un poco estrujando los ojos, dudó de su prematura impresión así que contó el primer bloque de nueve perlas de entre las cuales no había ninguna negra.

En el siguiente bloque de nueve perlas no había ninguna azul claro, En el bloque correspondiente a las perlas rojas, había solo una, justo al centro que destacaba con un hermoso tono carmesí, en los bloques restantes, tanto en el verde claro como en el blanco no había perlas de ese color. Se incorporó acercándose con parsimonia a la pared que parecía sostener las perlas. Tomó la perla roja entre el pulgar y el índice de su mano derecha, la aproximó con firmeza frente a sus ojos y vio como el pequeño objeto parecía disolverse entre sus dedos hasta tornarse transparente, completamente diáfano en cuyo interior alcanzó a ver la silueta de dos mujeres. Kima se desvaneció y al caer la perla al suelo chocó con las demás alterando el arreglo original a tal grado que las gemas terminaron desperdigadas por toda la habitación.

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5 de diciembre de 2012

LA FERIA DEL MANUSCRITO (capítulo 27)



CORRIENTES CONTÍNUAS DE ENERGÍA

Pamela se quedó de a seis, tan boquiabierta y enormemente sorprendida que no atinaba a decir nada, permaneció en silencio largo rato, finalmente se dijo, debo llamarle a Ferdinan. Marcó varias veces al hotel sin éxito, el señor Perilló había salido, pensó en dejarle un mensaje pero la mujer del otro lado de la línea hablaba un inglés tan oriental, que parecía sopa ramen acompañada de un hot dog sin mostaza. Marcó al celular y no encontrando respuesta a su llamada consideró que lo más práctico era mandarle un correo, borroneó algunas líneas en el recuadro de texto de su e-mail, pero no halló las palabras adecuadas para decirle lo que tenía que decirle, ¿aunque en realidad no sabía qué iba a decirle? Así que cerró el correo y continuó absorta en la lectura.

-También debo decirte otra cosa –suspiró Gadea- hace tiempo escribí un libro. Kima tomó las manos de su madre y le dijo cariñosamente –Eso ya lo sé madre, has copiado magistralmente treinta y ocho manuscritos, dice papá que muy pocos copistas en el mundo pueden superarte, y yo estoy muy orgullosa de ti.
-No hablo de una copia.
-¿No?
-No.
-¿Entonces?
-Ven –le dijo Gadea a su hija indicándole que la siguiera. A través del despacho de Guinelli llegaron a un salón poco iluminado que se usaba en circunstancias especiales. La esposa del impresor abrió con una pequeña llave las puertas de vidrio del elegante bargueño. Retiró con sumo cuidado los manuscritos de su propia hechura y al quedar vacío el mueble intentó quitar la tapa que cubría el doble fondo. Kima notó el nerviosismo de su madre y le dijo con ostensible afecto –déjame ayudarte.

Haciendo palanca con la llave, la joven logró levantar la cubierta de madera dejando al descubierto el libro, lo tomó con suma delicadeza, caminó hacia la ventana, abrió las cortinas, se sentó en un sillón y hojeó el manuscrito por más de una hora sin pronunciar ninguna palabra mientras Gadea la veía con los ojos llenos de lágrimas.

Ring… ring…
-Bueno –contestó Yara- si, se la paso señor, hasta luego. Es para usted señora Pamela.
-Hola amor, estaba pensando en ti ¿Cómo va todo?
-Yo siempre pienso en ti pequeñita… acabamos de salir de una junta, las cosas no pueden ir mejor, creo que este arroz ya se coció.
-¿En verdad?
-¡Hola, hola! Hay mucho ruido en la calle, después te hablo con más calma, no hemos comido y ya es hora de cenar. Te quiero, cuídate.
-Espera… Te quiero tambi… -Clic -Se cortó –dijo Pamela.

-Esto es… de lo más extraño, ¡no entiendo nada! –exclamó Kima quién se mostraba notoriamente sorprendida ante la incomprensible escritura del texto y las insólitas imágenes que lo acompañaban.
-¿me puedes explicar? –finalmente agrego.
-Si, pero no te molestes conmigo –le suplicó Gadea.
-No estoy molesta, estoy confundida mamá ¿Qué es todo esto? No entiendo ni una palabra. ¡Y tanta mujer desnuda! ¿Supongo que tampoco lo sabe papá?
-No… solo lo supo tiitameli… ella me ayudó un poco.
-¿Tiitameli? ¡Por Dios!
-Fue algo que paso… yo misma no lo entiendo –susurró Gadea- ocurrió en el túnel de la mezquita, cerca de la biblioteca… íbamos juntas y de repente algo nos separó, no sé cómo porque todo quedó oscuro y silencioso, cuando me di cuenta yo estaba en un lugar extraño y desconocido. Fue terrible, tal cual lo relato en el libro.

-¡Pero aquí no se entiende nada de lo que me estás diciendo! ¿Qué lenguaje es este? ¿Qué significa todo esto?
-No lo se… es un… un lugar que existe, en cualquier parte, en un lugar tan pequeño como una brizna de polvo. Donde las gentes no son gentes, ni las cosas son cosas, por más que nosotros queramos verlo así.
-¿Entonces?
-Es… es… un espacio donde se generan corrientes continuas de energía… -dijo temerosa Gadea al ver la cara de estupor de su hija.

-¡Ahhhhhhhh! Pues entiendo menos. Dicho esto Gadea se puso a llorar.
-No llores madre, por favor. Déjame entender, este libro contiene un apartado de herbolaria y lo que parece ser una sección farmacéutica con un inusual apartado astronómico y por lo que veo también biológico, más algo que aparentan ser muchas recetas, y una serie de ilustraciones enigmáticas, geométricas, excesivamente cristalinas, perfectamente redondeadas y todo esto relacionado con las mujercitas desnudas sumidas en extrañas tinas y tuberías. ¿Me equivoco? o tiene algo que ver con la alquimia, ¿verdad? –preguntó Kima señalando algunas ilustraciones.

-La señora de Guinelli primero asintió con la cabeza, pero después de un gesto de duda negó su pronta aseveración.
–No, no es un tratado de alquimia, ni un herbolario, ni nada de eso. –dijo con cierto temor.
-Lo parece… lo parece, algunas partes me recuerdan algún manuscrito de Galeno, o ciertas fórmulas de Arnaldo de Vilanova o tal vez Dioscórides, pero no… estas plantas informes no pueden ser reales, y todo es tan ilegible. Lo que más me llama la atención y ciertamente me inquieta son los dibujos de las esferas, se ven tan cristalinas, la transparencia de todas estas raras piezas superpuestas es sorprendente, no sé cómo lo lograste tan solo con ligeras pinceladas de color y breves trazos rústicos de la pluma. Papá se quedaría atónito.

-Es mejor no comentarle nada –se apresuró Gadea a decir. Kima cerró el manuscrito, lo colocó nuevamente en su escondite y tuvo la precaución de echarle llave al bargueño.
-Madre, vamos a olvidarnos de este asunto y quiero pedirte algo, dentro de un mes habrá una festividad muy importante en la imprenta, me sentiría muy feliz si vinieras. La hija de Gadea se retiraba cuando escuchó a su madre preguntarle.
-¿Está embarazada otra vez, verdad?
-Si, es el quinto.
-¡Es tan joven!
-Si, es joven, tonta y fea –dijo Kima alejándose con pasos apresurados.

LOS ILUSTRES VISITANTES

Todas las salas que daban hacia el patio central de la imprenta se habían transformado en el territorio transeúnte de la Feria del Manuscrito, durante la semana en que se celebraba el cuarenta y cinco aniversario de su fundación. Atestado el lugar de ilustres visitantes que iban y venían con catálogos en mano, solicitaban ser atendidos personalmente por los dueños que no se daban a basto para atender a tal cantidad de expertos coleccionistas, y a un buen número de rastreadores de obras antiguas, raras e inéditas.

Antonello Guinelli finiquitaba algunos detalles con ciertos caballeros venidos desde la isla danesa de Hven. Por encargo del célebre astrónomo Tycho Brahe, los personajes le solicitaron al artista italiano un sofisticado diseño de naipes simbólicos, los que serían impresos en la imprenta del centro astronómico edificado en las entrañas del Castillo de Urania. Guinelli después de atenderlos se retiraba de su despacho, cuando fue abordado por tres individuos que solicitaban información sobre un antiguo manuscrito.

-Señor Guinelli –dijo un hombre grueso de barba puntiaguda y entrecana- estamos interesados en la obra del Magister Prinio Corella, sabemos que existen al menos quince o veinte manuscritos suyos y por supuesto su Magna Obra.
-Corella… Corella. Si lo recuerdo, efectivamente –dijo hojeando el registro- aquí tengo algo: “De creatione quintae essentiae” (1478), “Elixir Vitae” (1482) y “Ars Major” (1490).
-¿Es todo? –preguntó decepcionado el hombre.
-Por desgracia gran parte de su obra fue prohibida y devastada, pero existe una relación muy prolija que el abad Jacobo de Grinaldi escribió en una biografía del “Doctor Absolut” bastante completa.
-¿Podemos verla?
-Por supuesto, síganme –dijo Guinelli encaminándose a la biblioteca. Tomó el manuscrito de una vitrina y se lo mostró a los hombres que se habían sentado alrededor de una mesa. El texto de Grinaldi mencionaba detalladamente nueve manuscritos como obras menores y diez más a los que les concedía plena importancia.

Un hombre delgado, de aspecto macilento y lo bastante alto como para sobresalir su cabeza entre la nutrida concurrencia que se había congregado en el patio central, intervino con la siguiente aclaración, -El abad no menciona nada de su Magna Obra que debió haber concluido en 1498.
-¡Imposible! –dijo de inmediato Guinelli- Prinio Corella murió en 1496 en un lamentable accidente cuando su carruaje cayó por un acantilado de la sierra Tramuntana al despeñadero- Los tres hombres se vieron sorprendidos, incrédulos.
-Existen varios manuscritos que dan testimonio de su Magna Obra, Eliphas el Magnífico lo cita varias veces al igual que Jonathan Von Debra entre otros que tuvieron correspondencia con él hasta 1498 –informó el menos viejo que no había pronunciado palabra.

-¡Qué contrariedad! No sé que decirles, al menos algo es seguro, jamás encontraron su cuerpo. Hay muchas historias al respecto, que la marea arrastro su cadáver al fondo del mar. Que fue rescatado en vuelo por un ángel. Que cayó sobre la arena como blanda espuma y siguió caminando como si nada. En fin, cualquier cosa, lo cierto es que su muerte sigue siendo un misterio y nadie ha dado fe de su Magna Obra. Me temo señores que no puedo ayudarles más.

Guinelli salió de la biblioteca para reunirse con su hija Kima, la joven charlaba cerca de la fuente del patio central con Guillermo Doménech y Juanjo Vivot, los dos hidalgos eran originarios de Mallorca. El primero era un cartógrafo consumado y el segundo un políglota, erudito y estudioso de heráldica. Ambos caballeros solían visitar la imprenta durante sus fortuitas estancias en la isla como un retiro solaz entre sus viajes incansables.

El grupo escuchaba de buen agrado las anécdotas que Doménech solía relatar cuando Guinelli vio a Gadea como una apacible imagen parada en el descanso de la escalinata bajo la arcada del pórtico interior. Antonello no pudo ocultar su alegría y sin disculparse del corrillo se encaminó hacia su esposa que también lo había advertido. Como una pareja de enamorados los vio Kima tomados de la mano aproximarse a ellos. Con casi sesenta y cinco años a cuestas la señora Guinelli conservaba la belleza y la elegancia que en su juventud le fueran características.

Gadea elogió con modestia y probado conocimiento el notable trabajo de la imprenta durante todos esos años. En pocos minutos la naturalidad de la conversación se convirtió en una delicia hasta que uno de los interlocutores se dio cuenta que eran observados sin pudor por tres caballeros. Con cierta discreción éste les señaló a los insolentes personajes.
-El regordete de barba es Arthur de Yehak, famoso alquimista de la corte de Rodolfo II –dijo Juanjo Vivot. -El alto escuálido es el astrónomo y matemático Wenceslao Stroff, también asentado en el bastión de la Academia de Alquimia Praguense. El otro no me es conocido –añadió el cartógrafo que les dirigió una mirada sin reparos- supongo que vienen de Bohemia…

Por lo que veo –agregó Doménech- por aquí bulle el corazón de los “destillatores” y circula mucha sapiencia de los laboratorios herméticos de Praga.
-Un momento, un momento… -dijo en tono más que efusivo Juanjo Vivot- ¡Es Kelley!, el controvertido médium particular del Dr. Dee.
-¡Por supuesto! –Intervino el cartógrafo- bastante bien conocido por su mecenazgo dispensado por parte de Isabel I de Inglaterra.
-Aunque no menos popular por haber perdido las orejas en manos de la justicia. Su nombre verdadero –susurró Vivot casi al oído de los escuchas- es Edward Talbot, quién se desempeñó muy joven como escribiente y más tarde se supo que era un artífice harto mentiroso y un auténtico falsificador de documentos.

Antonello Guinelli no pudo evitar cierto nerviosismo, sugirió que un asunto pendiente obligaba a su esposa y a su hija regresar a la hacienda. Se disculpó prometiendo a la brevedad posible regresar dejando de súbito a los dos jóvenes con un palmo de narices. Gadea y Kima se despidieron con sutil presteza sin entender nada, En el carruaje hablaron poco y la pregunta de Kima respecto a lo sucedido quedó de momento sin respuesta.

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