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15 de noviembre de 2012

LA MORADA EN PRENDA (capítulo 4)



MEFISTOFÉLICO AVERNO

De las tres recámaras ubicadas en el segundo nivel, la de Doña Aurora se encontraba en medio flanqueando las alcobas de Abigail y Felicia. Como en la vida real, la señora Thien siempre se interpuso entre sus dos hijas creando una barrera insalvable entre ambas. La hija mayor exigió de su madre una entrega absoluta y despiadada, circunstancia que culminó con el paso del tiempo en su ineludible y fatal aniquilación. Abigail comprendió para su desgracia y a temprana edad el rigor implacable de la anómala unión. Manuela su nana, quién después en la residencia de Europa se ocupara como su ama de llaves, fue en la medida de lo posible la mujer que le brindó el afecto y los cuidados que en su opulento hogar nunca encontró.

Más que conmoción, una aprensiva actitud se apoderaba de Pamela frente al espectáculo que sus ojos incrédulos presenciaban. El aposento de su finada abuela era una burda y mala copia del ambiente noctámbulo de cualquier osada meretriz. La alfombra, las cortinas, los cojines y el mismo edredón de raído brocado herían la vista con rojo fuego colmado en el exceso de pátina dorada ante una profusión colgante de flecos y grotescas borlas. El vestidor atesoraba aún los temerarios trajes que seguramente Doña aurora en algún estado delirante debió impúdicamente usar. La luz de los candiles de cristal cortado rompía en luces multicolores impactando de forma espeluznante sobre los manchados espejos panorámicos. Pamela sintió nauseas y temió que el vértigo la arrojase al suelo al verse pavorosamente reflejada hasta el infinito en todos los rincones de ese mefistofélico averno.

MOSAICOS MULTICOLORES

El césped casi al término de la primavera, se cubría espléndidamente de mosaicos multicolores organizados en grupos de fragantes anémonas, tulipanes y narcisos. Los arriates de piedra volcánica serpenteaban entre los vetustos árboles que brindaban generosa sombra en los jardines de la mansión de las Gárgolas. Pamela dormitaba en una silla de la terraza poseída por el rumor de la cascada proveniente de la fuente de los cántaros, hasta que el ruido ensordecedor de la máquina podadora la apartó con violento sobresalto de su apacible ensoñación.

El ayudante de Artemio trabajaba ensimismado en el arreglo meticuloso del prado. Con diestra mano al terminar la siega pasaba el rastrillo entre las raíces oxigenando la pradera, mientras que el viejo jardinero se entregaba a las labores mesuradas del invernadero. Pamela observaba a los dos hombres con resquemor desde la terraza. -El viejo se muere cualquier día –pensó- y que Dios me perdone. Más que un deseo encubierto fue un paradójico presagio flotando en la densa espesura del aire. La circunspecta diligencia de los dos hombres inclinados sobre la tierra representaba cabalmente una maniobra conciliatoria previa a su ritual funerario.

-Remueven su propia tumba -Pamela suspiró con resignación. Se desvanecieron las imágenes para ceder lugar a otras nuevas donde ella se veía siempre de espaldas frente a una luz muy diáfana que dejaba pasar el intenso resplandor por la hueca cavidad de sus ojos. Entonces ella dudaba si estaba frente a la luz cegadora o a espaldas de ella irradiando como un demonio rayos de lumbre por los ojos.
-Demasiadas conjeturas -se dijo atrapada en el espejismo de sus pensamientos-. Y, tal vez mi nombre no sea Pamela. ¿Acaso ignoro también la fecha de mi nacimiento? Ahora me doy cuenta que me soy ajena, desconozco mi verdadera naturaleza, un abismo de circunstancias que no comprendo me han distanciado del legítimo rostro de mis padres, las facciones que me dieron vida y carácter me han abandonado. He perdido la parte vital de mi herencia humana.

Conocer la verdad y estar consciente de ello, es aproximarse al terreno de la verdad absoluta. Sin embargo, la distancia entre la verdad relativa y la verdad absoluta, radica en la medida del conocimiento del origen de todas las cosas. Para Pamela, percatarse a los 24 años de una evidencia inalienable, implicaba la negación total del pasado implícito en su apacible verdad relativa. Pero que lejos estaba de sospechar que los extraordinarios acontecimientos que rodearían su vida los próximos meses, la llevarían a conocer más allá de la ancestral y verídica epopeya que diera origen a su propia existencia.

El olor a césped recién cortado acentuaba en la joven artista el letargo de la ensoñación antepuesto al raciocinio de sus propios pensamientos. Qué ajenas les eran las personas que le habían dado vida y destino a la Casa de las Gárgolas, que ella, con tesonera rabia escudriñada meticulosamente hasta la saciedad en la búsqueda de algo, desmesurado o pequeño, trascendental o insignificante de lo cual en realidad no tenía ninguna certeza. Pero le quedaba claro que nadie sabe lo que busca hasta que lo encuentra, y ella no cesaría aunque fuese preciso levantar una a una las raíces de la plantación a lo largo y ancho del jardín, y cada uno de los troncos y las piedras y el mismo concreto sepultado en los profundos cimientos que le daban principio al enigma fabricado por los Thien.

Pamela entreabría los ojos para ver a lo lejos el invernadero, que al igual que la vivienda del floricultor eran los únicos sitios hasta entonces inexpugnables del sagrado territorio de Felicia.
-¿Cómo se puede ser tan vil y despreciable y al mismo tiempo dominar el maravilloso don de la creatividad manifiesto en la belleza de las flores y el verde paisaje? Quizá no hay seres completamente perversos ni virtuosos, un dejo de malicia o bondad debe aflorar en el carácter dominante de todos los seres humanos -se decía Pamela tratando de encontrar un argumento razonable a su total incomprensión.
-Si al menos tuviera una pista. Un indicio, cualquier cosa que me indicara el camino correcto en esta absurda pesquisa -se repetía una y otra vez la heredera universal del extinto clan de los Thien.

Sobre la superficie de vidrio que cubría el hierro forjado de la mesa del jardín se encontraba el libro de Don Ernesto. Con indiferencia tomó el diario del señor Thien e inició su lectura sin ningún remordimiento o pudor que pudiera dañar su conciencia. Ninguna cosa en el libro parecía relevante, en ningún momento se hacía mención de Doña Aurora, Abigail o Felicia. -Acaso las hojas arrancadas -pensó Pamela, decían algo que evidentemente alguien no quería que se leyera. Tal vez el mismo anciano se arrepintió de haber escrito alguna intimidad non santa o cualquier situación que le fuera por demás bochornosa.

El diario terminaba abruptamente con una serie de notas o tareas que Don Ernesto debería hacer en fechas específicas como “Mandarle el lunes a Román la colección del Matutino”, etc. La lista bastante sui generis no era muy extensa así que Pamela se tomó la molestia de leerla. De súbito, la joven interrumpió la lectura. Sin lugar a dudas una sucinta nota con letra manuscrita la involucraba a ella.

“Notificarle a la dueña que oculto el arca la morada en prenda”.

-¡Si, esto es para mi! el viejo quería que yo leyera esta nota -se dijo nerviosa. Repitió lentamente y en vos alta la frase que dividió en tres fragmentos tratando de descifrar el supuesto mensaje. -Notificarle a la dueña -Que oculto el arca -la morada en prenda -No, no entiendo -calma se dijo- ¡ah! ya, por supuesto, está más que claro. -El arca –reflexionó- es el paquete oculto que mi madre debió dejarme. La morada es... esta casa. Está claro, clarísimo rió desmesuradamente. El gesto que apenas unos instantes había llenado su rostro de satisfacción pronto se convirtió en la mueca patética de su ahogado llanto. ¿En prenda? -Se dijo- evadiendo la voz de su fatal especulación. -Esto significa “a cambio de…”, “en vez de…”, no, no lo acepto, reniego de tanta estupidez -gritó descomunalmente con la intención de ser escuchada por todos los muertos que habían habitado la casa, y arrojó con tal violencia el diario que fue a parar en medio de un macizo de rododendros y azaleas perennes hundiéndose en la fragante espesura de las flores.

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